Los buenos, los malos y los
amish frente a frente
Carlos Alberto Montaner
Aparentemente, el tema es el calentamiento global, pero el asunto es mucho
más profundo. Se trata de otra modalidad del combate casi cósmico que
colectivistas e individualistas sostienen desde hace al menos dos siglos.
Los colectivistas --en este caso, los que velan por los intereses de la
colectividad-- suponen que debido a las actividades industriales y a la
combustión de residuos fósiles, la temperatura del planeta subirá varios
grados y ello traerá consecuencias catastróficas: deshielo en los polos,
inundaciones en las costas, desaparición de especies y aumento de la
desertización de grandes zonas del planeta.
Los individualistas, por su parte, afirman que las predicciones
climatológicas están más cerca de la brujería que de la ciencia. Hace pocas
fechas, por ejemplo, Alvaro Vargas Llosa recordaba con sorna que hace tres
décadas el terror prevaleciente era el inevitable inicio de una era de frío
glacial que nos congelaría los huesos, mientras George F. Will se preguntaba
si era mejor la Groenlandia helada e inhóspita de nuestro tiempo o la más
caliente y hospitalaria que encontraron los vikingos hace un milenio, y en
la que asentaron poblados y cultivaron viñedos. Por otra parte, los
habitantes del Caribe y del sur de la Florida, que resignadamente se
prepararon para recibir los veinte ciclones feroces que les auguraron los
meteorólogos esta temporada, se vieron felizmente defraudados: no llegó
ninguno.
Tras el debate escasamente científico, pues se basa en conjeturas
inteligentes o en dudosas probabilidades estadísticas y no en relaciones
comprobadas de causa y efecto, lo que existe es otra deriva de la batalla
ideológica y moral entre la izquierda y la derecha, o, de una manera más
amplia, entre quienes defienden a la sociedad en abstracto (la Humanidad,
suelen escribir con mayúscula), y quienes centran su discurso en la
protección de los seres humanos de carne y hueso.
Por eso no es nada sorprendente que en las filas del colectivismo
ambientalista, las de los verdes, se den cita los socialistas de todo
pelaje, los comunistas sobrevivientes del derribo del Muro de Berlín, aún
con las huellas de los escombros ideológicos sobre las vestiduras encaladas,
y, en general, todos los miembros de la alegre, vasta e ilusionada familia
de los progres, mientras en el bando opuesto, en el de los individualistas,
comparecen los liberales (en el sentido europeo y latinoamericano de la
palabra), mucho más interesados en los derechos de las personas de aquí y de
ahora que en el impredecible destino de las generaciones futuras.
Naturalmente, a los colectivistas no les disgusta que el debate sea reducido
a estos términos morales. Se sienten gloriosos y felices luchando,
supuestamente, por la supervivencia de la especie, mientras sus adversarios
son expuestos como una pandilla desalmada de gentes egoístas que sólo
procuran alcanzar su propio beneficio sin importarles el daño causado a los
demás mortales, cuya cabeza más notable y repugnante es George W. Bush, el
abominable presidente que no quiere firmar el Tratado de Kyoto. Los
colectivistas, además, sienten que son mayoría, persuadidos de que la
nobleza de la causa que defienden es muy atractiva: ¿a quién no le gusta
colocarse en el bando de los heroicos y sacrificados buenos?
Sólo que este enfoque les plantea un problema moral tremendo a los
colectivistas-ambientalistas: si ellos no sólo representan a la mayoría,
sino, además, están guiados por una fuerte pulsión ética, ¿por qué no
comienzan a dar el ejemplo comportándose como seres verdaderamente
preocupados por el futuro del planeta? ¿Por qué no renuncian a sus
automóviles y se desplazan sólo en transporte público para ahorrar gasolina?
¿Por qué no reducen drásticamente el consumo de agua, lavan sus ropas con
menos frecuencia, rechazan los alimentos transgénicos, cesan de comprar
vestidos o aparatos innecesarios, denuncian los paraísos turísticos que
destrozan las playas y litorales, sustituyen la electricidad convencional de
sus casas por energía eólica, protegen los bosques no comprando libros ni
diarios que se pueden leer en internet, con lo que se salvarían millones de
árboles? ¿Por qué no deciden, asimismo, deshacerse de sus animales
domésticos, cuyas deyecciones, casi siempre dejadas a la intemperie, liberan
una cantidad tremenda de gas metano que contribuye al calentamiento
atmosférico? O sea: ¿por qué no viven como colectivistas-ambientalistas en
lugar de limitarse a pronunciar el discurso retórico?
Lo que quiero decir es que uno espera coherencia moral de quienes esgrimen
argumentos morales. Si esa mayoría de progres colectivistas viviera
voluntariamente como desea que toda la sociedad viva obligatoriamente, se
podría comprobar en muy poco tiempo si sus teorías son ciertas, mientras
adquirirían una incontestable legitimidad para establecer sus demandas. A
mí, por ejemplo, me encantan los amish que recorren en carreta los caminos
de Pennsylvania y reproducen el mundo dulcemente rural del siglo XVIII. Por
las razones que sean (casi todas religiosas) los amish odian el progreso y
el consumo. Cuando la vasta familia de los verdes viva como los amish
comenzaré a respetarlos. A lo mejor, hasta voto por ellos.
February 11, 2007
Imprimir
esta página