“En la Argentina hay una grave
confusión de valores”
Entrevista a Carlos Alberto Montaner
de Gabriel Salvia, periodista de CADAL
Diario Perfil (sección El Observador) de Buenos
Aires, Argentina
Anticastrista a ultranza, el
periodista y escritor cubano que vive en el exilio arremete contra algunas
ideas que hay en Latinoamérica sobre Cuba, en especial en nuestro país.
Critica el populismo, con epicentro en el venezolano Chávez y el ecuatoriano
Correa. Y rescata el ejemplo de Chile.
—Acaba de recibir un
reconocimiento del gobierno de la Comunidad de Madrid. ¿Qué significa para
un escritor en el exilio recibir un premio a la tolerancia?
—Me parece muy importante y no en cuanto al beneficio que me pueda traer,
que no es nada, sino para la sociedad cubana que está precisamente falta de
tolerancia y de libertades. Es decir, es un pueblo sometido durante más de
medio siglo a un gobierno que practica la intransigencia como si fuera una
virtud y que además aplasta toda forma de disidencia, que no está dispuesto
a aceptar a personas que se muevan fuera de los parámetros elegidos por el
gobierno de lo cubano y lo revolucionario. Por esto es que han perseguido a
los creyentes religiosos, han perseguido a las personas con opciones
sexuales distintas a las de los heterosexuales, han perseguido a los
artistas que realizan manifestaciones musicales o literarias que son
contrarias a la ortodoxia. Todo esto de tal manera que lo que caracteriza al
régimen es la intolerancia, de modo que todo lo que sea subrayar la
importancia de lo contrario, la importancia de la tolerancia y la
importancia de aprender a vivir con lo que no nos gusta, es algo que yo creo
que les conviene a los cubanos.
—En este rasgo que marca de la intolerancia, que es típico de regímenes
totalitarios, ¿se podría hacer una diferencia con el resto de las dictaduras
militares latinoamericanas?
—Yo creo que es un problema de grados. El rasgo que identifica y hace
parecidas a todas las dictaduras es la intolerancia, la intolerancia con el
adversario y con el que es diferente. Lo que pasa es que en ningún país de
América latina la cosa ha llegado al extremo de lo que se ha llegado en
Cuba. Pero prohibir libros se hizo en la Argentina, no al extremo de someter
a la cárcel a una persona por prestar libros prohibidos, como ocurrió en
Cuba con los bibliotecarios independientes; perseguir a quienes escriben
cosas contrarias a un régimen también ocurrió en todas partes, pero no como
en Cuba, que lleva medio siglo con las cárceles repletas de personas que se
atrevieron a escribir pacíficamente algunos comentarios críticos sobre el
gobierno. Así que yo creo que es principalmente una cuestión de grados, pues
en Cuba se ha llevado la intolerancia a unos parámetros que no se habían
visto en América latina.
—¿Por qué cree que hay tanta complacencia internacional con Cuba? Esto
teniendo en cuenta que cuando se sanciona la Declaración Universal de los
Derechos Humanos, precisamente en lo que se hace hincapié es en que hay
ciertos derechos que son universales y que todos los países la deben
respetar sin que ningún gobierno pueda argumentar que tiene sus propias
reglas; en este caso, que se basan en la intolerancia.
—Yo creo que la aceptación parcial del gobierno cubano ocurre más que nada
en el nivel público, porque cada vez que hay una encuesta, que Lati-nobarómetro
hace todos los años sobre el nivel de popularidad del gobierno cubano,
resulta ser el más bajo de la región. En la Argentina, por ejemplo, es bajo
el nivel de popularidad pero es el más alto de toda América latina, porque
en la Argentina hay una grave confusión de valores hace muchísimo tiempo.
Pero en general cuando la pregunta es: “¿Usted quisiera un régimen para su
país como el cubano?”, la respuesta abrumadora es que de ninguna manera.
Ahora, todos los gobiernos tienen una actitud distinta, tienen un mecanismo
de protección, de no crearse problemas y no abrirse frente para que se los
tiren a ellos. Por ejemplo en el Comité de Derechos Humanos de Naciones
Unidas, países como Irán, China, Rusia, Libia y Cuba se ponen de acuerdo
para establecer políticas comunes para defenderse de los ataques a las
violaciones a los derechos humanos y ponen la diplomacia al servicio de eso.
Ante esto, entonces, lo que hacen es esconder bajo la alfombra sus crímenes
y lo hacen con la complicidad de otros países. Y lo que hacen muchos países
para no meterse en problemas diplomáticos es ceder, lo que sucede mucho en
América latina.
—Uno ve lo que acaba de pasar con Suecia, que al mencionar a Cuba entre
los países del mundo que violan los derechos humanos en el mundo, sufrió la
arremetida del gobierno cubano. Por eso, ¿coincide en que la principal
exportación del régimen castrista es la intolerancia política?
—Sí, totalmente de acuerdo. Además, atraviesan sus fronteras, tú ves todo lo
que hacen en Argentina y lo que financian. La mano autoritaria e intolerante
se manifiesta en el exterior, no con la misma fuerza que en Cuba porque no
pueden meter a la cárcel ni fusilar a la gente, pero con la misma
virulencia.
—Pasando ahora al resto de América latina, ¿cómo considera que se
encuentra en la región el estado de la tolerancia, una característica clave
de la vida democrática?
—Hasta ahora en la Argentina hay presiones económicas contra los medios de
comunicación incómodos para el Gobierno, pero no hay un acoso judicial
importante, o por lo menos si lo hay yo no lo conozco. Tampoco a las
personas que tienen una actitud crítica se las trata con severidad. Claro
que el Gobierno tiene una mayoría muy cómoda y no sé cómo va a cambiar ese
respaldo, porque se está viviendo una bonanza económica por los precios
internacionales y por el consumo internacional, lo que genera un pronóstico
de unos cuantos años de bonanza y crecimiento y, por lo tanto, de respaldo.
Pero donde yo veo síntomas gravísimos es en Venezuela, Bolivia y Ecuador.
Ahí sí las cosas están muy mal.
—¿Cómo entiende la saludable realización de procesos electorales en
América latina y que, al mismo tiempo, emerjan gobiernos como el de Correa
en Ecuador?
—Hay señales mixtas, porque por una parte hay cuenta de que se respeta el
ejercicio democrático, pero por otra hay pueblos que eligen la solución que
no es solución sino la salida populista de la crisis, como es el caso de
Ecuador. Pero la razón por la que eso sucede es porque falló el Estado
ecuatoriano de manera estrepitosa. Los gobiernos anteriores durante veinte
años se dedicaron a desnaturalizar la esencia de una república, que es el
respeto por los poderes diferentes, el Judicial, el Legislativo y por
supuesto el Ejecutivo; la falta de respeto a la ley en general, los niveles
de corrupción y la incapacidad del Estado para crear los bienes que tiene
que crear o los servicios que tiene que proporcionar de una manera adecuada.
Entonces, si la educación pública es un desastre, si la salud pública es un
desastre y la Justicia es prácticamente inencontrable en el país, y la
Policía no protege de los atropellos y los problemas, entonces la gente para
qué quiere a ese Estado si en vez de solucionarle los problemas lo que hace
es aumentarlos. Es ahí donde se produce un giro, que es un giro suicida
hacia un caudillo, que es el que los va a sacar de los conflictos y
problemas. Ellos eligieron a Correa, que es un economista graduado en
Estados Unidos y en Bélgica, pero con las ideas de un populista de izquierda
inclinado a hacer en Ecuador la locura que está sucediendo en Venezuela, con
lo que tendremos entonces a alguien que, en lugar de ser elegido para
solucionar problemas, ha sido elegido para crearlos. Es eso lo que vamos a
ver.
—¿Cómo analiza la situación de los partidos políticos en América latina y
cuán necesaria sería una modernización de ellos?
—En general están muy mal los partidos políticos en América latina. Hay
fuerza emergente antipartido que, muchas veces, por la misma falta de fuerza
de los partidos esas fuerzas emergentes acaparan la atención de la opinión
pública y se convierten en protagonistas. Creo que eso es gravísimo. Los
partidos tienen que encontrar un diseño adecuado a la sociedad en la que
viven, no todos pueden ser iguales. En segundo lugar, una idea clara de cuál
es su función en el mantenimiento de la república; y al mismo tiempo, hacer
todo esto sin que se produzca una oferta clientelista, es decir convertir a
los partidos políticos en dispensadores de privilegios para sus partidarios,
eso es lo que hay que evitar a toda costa. Pero por otra parte es muy
difícil de evitar porque las sociedades y las personas quieren partidos
políticos que los favorezcan a ellos personalmente, como individuos, y no al
conjunto del país, por lo que hay que buscar un equilibrio muy complicado.
En algunos países es más fácil, por ejemplo en Europa, donde los partidos
aún son fuertes, al igual que en Estados Unidos. Pero para que los partidos
sean fuertes y funcionen, lo primero que tiene que funcionar es el estado de
derecho y el Estado tiene que dar sus frutos, porque ante Estados fallidos
la consecuencia es la explosión de los partidos. La pregunta que se hace la
gente es: “¿Para qué quiero partidos políticos, si la consecuencia de que
pasen por el poder es un desastre?”.
Abril 16, 2007
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