Dios en las elecciones americanas
Carlos Alberto Montaner
A
Barack Obama, que desde hace veinte años está seriamente afiliado a la
Trinity United Church of Christ, sus enemigos políticos, sin la menor
prueba, le imputan haber sido musulmán en su niñez. Creer o haber creído en
el Corán es un grave inconveniente para cualquier político occidental en
estos tiempos. A Mike Huckabee, en cambio, como fue predicador bautista, lo
acusan de fundamentalista cristiano. Acepta las Escrituras literalmente y
pone en duda la teoría de la evolución. Es un creacionista y a sus
adversarios eso les parece ridículo. ¿Cómo --se mofan de Huckabee-- se puede
ser presidente de una nación guiada por el culto a la ciencia y al progreso
y, al mismo tiempo, pensar que la vida y la existencia de la materia son
consecuencias del ''diseño inteligente'' de un ser todopoderoso?
Contra Mitt Romney la hostilidad proviene de los
cristianos. Romney es mormón y, aunque los mormones reconocen la deidad de
Cristo, esa creencia no forma parte del mainstream religioso
americano, como también les sucede a los testigos de Jehová. Los mormones
suscriben cierta forma de politeísmo y sus orígenes son demasiado recientes.
Los cristianos están dispuestos a creer que el arcángel Gabriel se le
apareció a la Virgen María hace dos mil años, pero dudan que el ángel Moroni
se le apareciera a Joseph Smith exactamente el 21 de septiembre de 1823.
Casi todos los cristianos les reconocen a los mormones una fuerte ética de
trabajo y un comportamiento, en general, decente y solidario, pero les
inquieta el secretismo y las camisetas y calzoncillos especiales que suelen
utilizar bajo la ropa. Desde su perspectiva, son buenos ciudadanos, pero
raros.
Hillary Clinton y Rudy Giuliani --ella protestante, él
católico-- no son famosos por sus creencias religiosas, sino por el escaso
relieve que éstas tienen en sus vidas. El hecho de ser ambos pro-choice
--como también lo es John McCain--, es decir, de admitir el derecho de las
mujeres embarazadas a decidir el destino del feto, y de defender los
derechos de homosexuales y lesbianas, los convierte en sospechosos ante los
ojos de quienes colocan los juicios morales ortodoxos de inspiración
religiosa por encima de cualquier otra consideración. Para la autoproclamada
''mayoría moral'' --ese inmenso grupo de cristianos intensamente
practicantes, especialmente en el llamado Bible Belt del sur del país--
tener que elegir entre Hillary y Giuliani o McCain será como escoger entre
un dolor de muelas y una patada en la canilla.
¿Tiene sentido este debate religioso? No mucho. En
realidad, los mejores presidentes norteamericanos no han tenido una
militancia religiosa sectaria. George Washington fue un hombre reservado en
las cosas del espíritu. Esa no era una preocupación central en su vida. John
Adams, Thomas Jefferson, James Madison y Abraham Lincoln creyeron, pero de
esa manera intelectualmente cómoda con que creían los deístas. Estaban
dispuestos a aceptar que existía un supremo hacedor, un arquitecto del
universo, pero les parecía difícil admitir que ese Dios omnipotente y eterno
realmente hubiera encarnado en una figura humana o en una religión
organizada, y mucho menos que vigilara meticulosa y constantemente los actos
personales con el objeto de castigarlos o premiarlos.
Tal
vez el único presidente norteamericano que confundió la misión religiosa con
la política fue William McKinley. La razón principal por la que ordenó la
ocupación de Filipinas en 1898, tras una noche de agónica meditación
religiosa en la Casa Blanca, fue para cristianizar a esa pobre gente, hasta
entonces bajo la influencia del bárbaro catolicismo español o del paganismo
precolonial. El disparate le costó a Estados Unidos varios miles de muertos
y medio siglo de una onerosa presencia imperial en un complicado rincón del
planeta que nunca comprendió y en el que nada tenía que ganar.
En rigor, tener creencias religiosas no garantiza nada, y
mucho menos el buen gobierno. Jimmy Carter y George W. Bush han sido dos
presidentes profundamente creyentes --ambos born again Christians--
y la historia no los tratará muy bien. Sin embargo, los dos Roosevelt, Teddy
y Franklin, acaso los mejores presidentes norteamericanos del siglo XX si
nos guiamos por el inmenso apoyo popular que tuvieron en su tiempo, fueron
''cristianos de baja intensidad''. Creían, sí, y asistían esporádicamente a
las ceremonias religiosas, pero sin aspavientos y sin golpes de pecho. Tal
vez eso sea lo más conveniente: excluir del debate las creencias religiosas.
Dios no tiene vela en este entierro.
Enero 20, 2008
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