Obama o la historia en blanco y negro
Carlos Alberto Montaner
Obama no pudo evitar que el tema de la raza entrara en el
debate electoral. Hasta ahora era un candidato joven, muy educado, orador
notable, dotado de una personalidad atractiva, considerado un liberal dentro
del Partido Demócrata. Era, por supuesto, afroamericano, pero ese elemento
se veía como algo positivo. El posible triunfo de Obama, de alguna manera,
era percibido como la superación definitiva de un viejo conflicto cuyo punto
de partida había sido la proclama de emancipación de los esclavos firmada
por Lincoln en 1863, documento que dio origen al larguísimo, tortuoso y a
veces heroico proceso de incorporación paulatina de la población negra a la
sociedad norteamericana en pie de igualdad.
La controversia comenzó con Michelle, la esposa de Obama,
una señora también educada y brillante. Hizo un comentario que muchas
personas consideraron antipatriótico. Dijo que, por primera vez, se sentía
orgullosa de Estados Unidos. Luego pidió excusas y colocó la frase dentro de
un contexto diferente. Más tarde aparecieron los sermones incendiarios del
pastor Jeremiah Wright, guía espiritual de Obama, un reverendo cristiano,
extremista, que reivindica lo que llama la ''teología de la liberación
negra''. Wright se siente víctima de unos agravios históricos prácticamente
insuperables y opina que Estados Unidos provocó los ataques de Al Qaida
contra las Torres Gemelas con su conducta pasada, cruel y mezquina. El
reverendo propone que los afroamericanos canten ''Dios maldiga a América'' (God
damn America) en lugar de ''Dios bendiga a América'' (God bless
America). Obama negó que él compartiera los puntos de vista de su
pastor. “Todo el mundo --dijo-- tiene un tío que dice cosas
inconvenientes''.
Era imposible que el tema de la raza no saltara al primer
plano de la batalla electoral. Al fin y al cabo, los llamados Founding
Fathers, los patricios que le dieron contenido y forma a Estados Unidos
a fines del siglo XVIII, eran varones blancos, de origen británico,
generalmente protestantes, educados, económicamente poderosos, y, muchos de
ellos, poseían esclavos (al menos 14 de los 55 que firmaron la Constitución
de 1787). No es, pues, una casualidad, que los 43 presidentes que ha tenido
Estados Unidos, desde George Washington en 1789 hasta George W. Bush en
2001, invariablemente han respondido a más o menos estos mismos rasgos
étnicos y culturales.
A partir de esos orígenes se construyó un discurso
patriótico tejido con episodios novelados, biografías ejemplares, mitos y
hazañas guerreras y cívicas: la protesta del té en Boston (Boston Tea
Party), la batalla de Yorktown, la honestidad de Washington, la
inteligencia de Jefferson, la cabeza jurídica de Madison, la pasión
libertaria de Tom Paine, la sabiduría de Franklin, más otras mil anécdotas
amables y constructivas, y, sobre todo, el culto por la superioridad moral
de la entonces joven república: la tierra de los hombres libres y valientes
(the land of the free and the home of the brave). Ser americano,
además de colocarse bajo la protección y la autoridad de la ley, incluía la
carga espiritual de asumir como propia la epopeya nacional. De ahí derivaban
los secretos lazos de la tribu, esos que estremecen y juntan a los seres
humanos. Esos que explican la emoción contenida cuando se escucha el himno y
ondea la bandera.
¿Cómo se inserta Obama en una historia que, obviamente,
le resulta extraña y remota? La etnia a la que pertenece no forma parte de
este recuento épico. Cuando Obama piensa en George Washington no puede
olvidar que poseía esclavos, y cuando cita la Declaración de
Independencia redactada por Thomas Jefferson es incapaz de olvidar la
hipocresía de unos patriotas que proclamaban la igualdad intrínseca de todos
los hombres, pero mantenían en la esclavitud a cientos de miles de personas
secuestradas en África y vendidas y tratadas en América como si fueran
animales.
Esto no quiere decir que Obama sea desleal a Estados
Unidos, sino que su vinculación afectiva a la nación americana se mueve por
otros derroteros. Su patriotismo es cívico, constitucional, republicano, y
no está basado en una emoción común, sino en una elaboración intelectual y
en ciertas vivencias personales. Se siente americano porque comparte con
casi todo el país un idioma, unos rasgos culturales y una forma de entender
la realidad social y política contemporánea, pero sabe que en su DNA
histórico hay factores distintos a los que han definido tradicionalmente a
la corriente central o mainstream norteamericano.
Según las encuestas, Obama derrotaría hoy a John McCain
por un margen mayor que el que lograría Hillary Clinton. No estoy seguro de
que ese será el panorama el próximo noviembre, cuando se celebrarán las
elecciones. Se ha levantado la veda en el tema racial y el factor étnico
comienza a jugar un papel importantísimo. McCain es el continuador de una
vieja tradición tribal anclada en los orígenes del país. Obama no encaja
dentro de ese molde. La contienda ha dejado de ser un dilema racional y
entran a jugar las emociones, los prejuicios y las percepciones. Ahí
Obama lleva las de perder.
Marzo 25, 2008
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