Por qué fracasarán las reformas de Raul Castro
Carlos Alberto Montaner
La periodista cubana Arleen
Rodríguez -una persona educada y amable-, portavoz oficiosa del gobierno
cubano, pasó por Guatemala y se sintió en la obligación de responder mi
artículo “La parálisis psicológica de Raúl Castro”. Utilizó para ello el
Periódico, mi diario semanal en ese querido país. Sus argumentos son de
varios tipos. Primero, el ataque personal. Según ella estoy al servicio de
Estados Unidos y mi mayor negocio es desacreditar a la revolución.
Supuestamente, pertenezco a una élite abusadora asentada en Miami que se
enriqueció explotando a los cubanos hasta que la revolución la desplazó del
poder y se estableció en la Isla el reino de la justicia.
Vamos por partes, como decía Jack el Destripador. No estoy al servicio de
Estados Unidos ni vivo en Miami. Vivo en Madrid desde 1970 y mi negocio,
razonablemente próspero, ha sido la edición de libros de texto relacionados
con la enseñanza de lengua (aproximadamente 1000), dictar conferencias (unas
200), publicar libros de mi autoría (unos 25 hasta la fecha), escribir
artículos (unos cuatro mil), y moderar y participar en programas de
televisión.
Es cierto que una parte (más pequeña de lo que me hubiera gustado) de ese
intenso trabajo ha sido dirigida a denunciar los horrores de ka dictadura
cubana, pero eso es perfectamente natural. Los exiliados lo han hecho
siempre: Martí, los republicanos españoles, los luchadores antifascistas y
tantos otros. Si el comunismo, a lo largo de medio siglo, le ha costado a
Cuba miles de fusilamientos, decenas de miles de presos políticos, dos
millones de exiliados, y una incontable cantidad de personas ahogadas
tratando de escapar de esa pesadilla, lo decente y responsable es que
quienes puedan contarle al mundo lo que ahí ha ocurrido no dejen de hacerlo.
Tampoco es verdad que mi familia formara parte de la élite explotadora que
tuvo que abandonar Cuba. Lamentablemente, eso no es cierto. Me hubiera
encantado que mis padres hubieran sido propietarios de un ingenio azucarero
o de una gran empresa, pero no fue así. La próxima vez que vea a Fidel, la
señora Rodríguez debe preguntarle cómo era nuestra humilde casa en la calle
Tejadillos. Él solía visitarla porque era amigo de mi padre, un simple
periodista adscrito al Partido Ortodoxo, y de mi madre, una simple maestra
de escuela pública, doctora, eso sí, en Pedagogía. Y a veces venía
acompañado por mi tío Pepe Jesús Ginjauma Montaner, jefe de Fidel en la UIR,
también una persona de escasos recursos, quien años más tarde me contara
exactamente todas las violentas fechorías del Comandante durante su etapa de
peligroso gangstercillo universitario.
Quien sí parece que estaba al servicio de Estados Unidos era el padre de
Arleen Rodríguez, guantanamero, como ella, ex empleado de la base naval
americana en ese rincón de Oriente, luego jubilado. Y quien sí parece vivir
como la élite explotadora es la señora Rodríguez, si es verdad la acusación
que le hacen de haber adquirido un lujoso apartamento en Línea y F, en el
Vedado, mediante el pago ilegal de 25,000 dólares, transacción disfrazada de
permuta, según cuenta una de las personas que trabajó con ella en
Tricontinental, una revista al servicio de las causas más sanguinarias
defendidas por la revolución en “estos años de oprobio y bobería”, como
decía Borges del peronismo.
En todo caso, lo importante no es si la señora Rodríguez, como tantos
cubanos del régimen, predica la virtud y practica la corrupción y la doble
moral, sino si es verdad el argumento medular de su artículo: que Raúl
Castro sí está cambiando rápidamente, y para ello da dos pruebas: la entrega
en usufructo de tierras ociosas a campesinos particulares y el reintegro
voluntario de los maestros jubilados.
La señora Rodríguez no entiende que Raúl Castro no está solucionando el
problema de fondo de la improductividad cubana, causante de la inmensa
pobreza que padece el país, sino sólo colocando parches que en modo alguno
van a cambiar la miserable vida de los cubanos. Medio siglo de disparates e
involución debieron enseñarle a la periodista que lo que no sirve es el
sistema comunista basado en la propiedad estatal, el partido único, la
planificación centralizada, el colectivismo y la ausencia de libertades
políticas y económicas. En 1922 Ludwig von Mises se lo dijo pacientemente a
Lenin en un libro llamado Socialismo y aquel pequeño carnicero autoritario
no le hizo caso.
Yo no voy a perder el tiempo explicándole a la señora Rodríguez la
diferencia entre las dos Coreas, las dos Alemanias (cuando existían) entre
Taiwán y China continental, incluso entre la Cuba pre-comunista, situada
entre los países más prósperos de América Latina, y la de hoy, colocada
entre los más pobres, con un PIB per cápita semejante al de Bolivia, pero le
dejo la más segura y elemental de las profecías: mientras Cuba sea una
dictadura comunista los cubanos van a vivir triste y miserablemente. Así ha
sido siempre en todas las latitudes.
En cuanto a la reincorporación de los maestros jubilados, con posibilidades
de cobrar salario y retiro, eso sólo prueba que en el desastroso modelo
cubano no hay incentivos para convertirse en docente, como no lo hay para
ser ingeniero, médico o cualquier cosa porque esa estúpida manera de
organizar a la sociedad es contraria a la naturaleza humana.
Esos casi ochocientos mil graduados universitarios que existen en la Isla se
lo preguntan todos los días: ¿para qué hemos estudiados si estamos
condenados a vivir en la indigencia, víctimas de todas las carencias? ¿No se
da cuenta la señora Rodríguez que en los países normales que cuentan con un
buen capital humano suele haber prosperidad general? ¿No es capaz de
descubrir que la prueba de que ese sistema, el cubano, no puede generar
riqueza, radica, precisamente, en que posee un gran capital humano que no le
sirve de nada?
¿Dónde está la buena vida en Cuba? ¿Dónde están los incentivos materiales?
Exactamente, en la jefatura del Partido y en lo que hace la señora Arleen
Rodríguez: en defender la dictadura, en denigrar a quienes denuncian sus
excesos, en ocultar los crímenes y barbaridades que ella no ignora. Por eso
ella puede viajar al exterior, disponer de dólares y vivir mejor que el 99%
de los cubanos. En Cuba los incentivos existen para el que aplaude, no para
el que critica. Existen para el que delata, no para el que cuestiona.
Existen para el que sale a gritar consignas y se muestra obediente al poder
y obsecuente con los jerarcas. Pero ninguna de esas penosas actividades,
ninguna, aumenta un ápice la riqueza del país. Todo lo contrario: contribuye
a sostener el error en el que se funda esta minuciosa catástrofe.
Al final de su artículo la señora Rodríguez me recomienda un psiquiatra que
me quite la obsesión anticastrista. Temo decirle que es un mal incurable:
durará mientras ese cruel disparate continúe haciéndoles daño a mis
compatriotas.
Julio 28, 2008
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