Obama y el mundo
Carlos Alberto Montaner
Madrid -- Obama les encantó a los
europeos. Su paso por Berlín fue espectacular. Si los europeos votaran en
las elecciones norteamericanas, Obama ganaría por una inmensa mayoría. Pero,
tras su partida, comenzó el debate. ¿Qué dijo realmente? Frases huecas
espléndidamente estructuradas y muy bien dichas en su poderosa voz de
barítono. Los expertos corrieron hacia los dos libros por él publicados. Ni
una sola señal. Europa no parecía interesarle cuando los escribió. Tampoco
América Latina. No hay vestigios de que haya reflexionado seriamente sobre
el concepto clave de la historia en los últimos cien años: la existencia de
una entidad llamada ``el mundo occidental''.
Para los europeos eso es grave. Estados Unidos hoy es el corazón y, en gran
medida, el cerebro de un segmento enorme del planeta que hace siglos, en la
Edad Media, comenzó a llamarse ''la cristiandad'' y luego evolucionó por
otros vericuetos. Estados Unidos, con apenas el cinco por ciento de la
población mundial, produce el 27 por ciento de toda la riqueza que genera el
planeta. El dólar, hoy débil y probablemente subvaluado, sigue siendo la
divisa internacional clave. La mayor parte de los desarrollos tecnológicos y
científicos brotan de las empresas y de los centros investigativos
americanos. Pero, todavía más importante: son las armas americanas las que
continúan protegiendo el perímetro europeo dentro y fuera de la OTAN. A
principios de los noventa, cuando se deshizo Yugoslavia, fue Washington
quien acabó poniendo cierto orden en el cotarro. Todavía hoy, es Estados
Unidos quien garantiza que Kosovo no acabe engullida por los serbios de un
bocado sanguinario.
Cuando Hillary Clinton luchaba por la candidatura del Partido Demócrata
solía preguntarse qué méritos tenía el senador Obama para ser candidato a
presidente, y enseguida ella misma se respondía con sorna: un discurso. No
lo respaldaba su labor como legislador, no había tenido responsabilidades
administrativas, no había sido un empresario exitoso y creativo: lo más
importante que había hecho era electrizar a la convención demócrata del 2004
cuando se proclamó la candidatura de John Kerry. Hasta ese momento casi
nadie conocía o admiraba al joven abogado de Chicago.
En realidad, no era la primera vez que un discurso acababa convirtiendo a un
político americano en una figura nacional. El republicano Warren Harding,
otro buen comunicador, fue lanzado a la fama cuando lo eligieron para hablar
en la convención que seleccionó a William Taft en 1912 como candidato a
presidente. Incluso, Ronald Reagan se vio catapultado a los primeros planos
de la política cuando cautivó a la audiencia republicana en 1964 durante la
consagración de Barry Goldwater como aspirante a la Casa Blanca. Hasta ese
momento Reagan era sólo un ideólogo empeñado en una cruzada particular
contra los excesos de los gobiernos más que un político convencional. Tres
años más tarde, gracias a ese discurso, se convirtió en gobernador de
California.
Pero --y esto es lo que preocupa a los europeos--, desde que Estados Unidos
es una potencia mundial, fenómeno que comenzó a desarrollarse en 1898 tras
la guerra contra España, todos los presidentes norteamericanos han
comprendido las responsabilidades que tiene un país tan profundamente
implicado en los destinos del resto del mundo. Y es en este punto en el que
comienzan a mirar a Obama con gran temor.
¿Por qué? Porque cuando estudian su biografía ven a un inteligente luchador
social cuya carrera política, la que él eligió, fue la de líder cívico
dentro de la etnia negra a la que pertenecía. No colocó a todo Estados
Unidos dentro de su cabeza con su enorme complejidad y carga de
responsabilidades, sino sólo los problemas concretos (y son muchos) de los
barrios negros y pobres, las dificultades que padecen, los abusos y faltas
de oportunidades de que son objeto. Era un luchador por los derechos civiles
efectivo y brillante, pero en modo alguno nada parecido al líder del mundo
occidental como pudieron serlo Kennedy o Reagan.
Si Obama llega a la presidencia de Estados Unidos será el primero en muchos
sentidos: el primer negro, el primer hijo de un inmigrante africano, el
primero nacido en Hawai, el primer nacido en la década de los 60, el primero
que pasó su infancia en un país remoto y diferente (Indonesia). Todo eso
está muy bien, pero lo que preocupa a los europeos y a muchos
latinoamericanos es otro aspecto: es el primero, desde Teddy Roosevelt a la
fecha, que carece de una visión global de la realidad. Esa puede ser una
peligrosa limitación.
Julio 4, 2008
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