Rusia y la oportunidad perdida
Carlos Alberto Montaner
Madrid -- Hace casi 20 años,
cuando la URSS se tambaleaba, conversé con Boris Yeltsin y saqué dos
conclusiones curiosas: le gustaba tomar vodka en las mañanas y había perdido
toda su fe en el comunismo. Nunca supe si el alcohol, al revés de lo que
suele ocurrir, le aclaraba el razonamiento, pero es posible. Era más
brillante y alegre que sobrio. En aquella época, su mayor preocupación era
que el KGB lo ejecutara paralizándole el corazón por medio de unas ondas
especiales que emitía un arma secreta. Yo me empeñaba en hablar de la
perestroika y él de su temor a que lo asesinaran. Tal vez era comprensible.
Poco tiempo después, cuando ya Yeltsin mandaba en el Kremlin, me entrevisté
con Andrei Kozyrev, su ministro de Relaciones Exteriores, para hablar,
esencialmente, de Cuba. Kozyrev, un diplomático de carrera, me pareció una
persona mucho más sensata, educada e inteligente que su jefe. Se había
rodeado de un magnífico equipo y participaba de una convicción entonces muy
generalizada en el país: había que liberar a Rusia del peso terrible de la
Unión Soviética. La cruzada internacional por conquistar nuevos territorios
dentro del escenario de la guerra fría había ahogado las posibilidades de
desarrollo.
Colgar del presupuesto de Moscú a líderes aventureros e incapaces,
incontrolablemente pedigüeños y pésimos administradores, como Fidel Castro,
el etíope Mengistu o el nicaragüense Daniel Ortega, en gran medida había
provocado el colapso financiero del imperio soviético. En ese momento el
déficit nacional ascendía a unos ochenta mil millones de dólares. Sólo el
subsidio a Cuba en los treinta años de padrinazgo había excedido los cien
mil millones de dólares. Era la primera vez que las colonias saqueaban y
arruinaban a la metrópolis.
Entre los reformistas cercanos a Kozirev, junto a la certeza de que la
conquista del planeta había sido una empresa demasiado costosa y
contraproducente, se había abierto paso otra idea clave: no había que
combatir a Occidente, sino abrazarlo, imitarlo, invitarlo a invertir, y
competir dentro de las reglas del juego del capitalismo de mercado. Aquellos
diplomáticos entendían que Rusia no tenía por qué convertirse en contrapeso
de nada, ni jugar a una bipolaridad que sólo podía traerle conflictos y
pobreza al país. Al fin y al cabo, Rusia era la nación más grande de
Occidente, la tercera Roma --la segunda había sido Constantinopla-- y no
tenía sentido adoptar una actitud de hostilidad contra un mundo que era tan
de ellos como de Francia o Inglaterra.
Todo esto viene a cuento de la actitud de Rusia en el conflicto entre
Georgia y Osetia del Sur. Es muy probable que el presidente georgiano Mijail
Saakashvili haya actuado temerariamente al atacar en su afán de reconquistar
ese territorio, pero parece evidente que Moscú estaba esperando la
oportunidad para darle un zarpazo. El movimiento de tropas de Georgia
comenzó el 8 de agosto. El 20 de julio, 19 días antes, ya los rusos conocían
los planes de Saakashvili y habían desatado una guerra cibernética
encaminada a desmantelar las comunicaciones por internet del borrascoso país
vecino. Era una magnífica coyuntura para propinarle un escarmiento a los
georgianos y al resto del mundo, y muy especialmente a Estados Unidos que
apadrinaba el ingreso de Georgia en la OTAN.
Mi impresión es que Estados Unidos y Europa (por incapacidad y por padecer
una penosa cortedad de miras) perdieron una excelente oportunidad de
fomentar el espasmo occidentalista de Rusia ocurrido tras la desaparición de
la URSS. Aquél fue un momento mágico para apostar por una de las dos fuerzas
contrarias que desde el siglo XVIII pugnan en la sociedad rusa: una (tal vez
la más débil) que se asocia a Occidente y suscribe la pasión por el progreso
y la modernidad, y la otra, más oscura, perniciosamente nacionalista, con un
peligroso tinte de paranoia, que sospecha de cualquier influencia extranjera
y trata a los demás países como enemigos potenciales. Esa parece ser la
Rusia que hoy prevalece de la mano del tándem Medvedev-Putin y a la que
apoya la mayoría de la población.
¿Puede la diplomacia occidental tratar de revertir esta tendencia?
No sé: me temo que el presidente Bush carece de la refinada visión que
requeriría un esfuerzo de ese tipo, mientras en Europa, muy dividida y sin
una cabeza visible, tratan de apaciguar a Rusia, no de sentarla a la mesa a
compartir el festín. Por este camino vamos, otra vez, a una nueva y absurda
variante de la guerra fría.
Agosto 17, 2008
Imprimir
esta página