La fábrica de monstruos
Carlos Alberto Montaner
Madrid -- Estaba en Praga y
leyendo a Milan Kundera cuando estalló la bomba. Me había invitado Václav
Havel al Foro 2000, la gran reunión europea que se celebra en esa ciudad
todos los años bajo la presidencia del también notable escritor y padre de
la recuperada democracia checa. Elegí para el viaje La inmortalidad, una
novela prodigiosa de Kundera, llena de observaciones brillantes sobre la
naturaleza humana. La noche del domingo, antes de dormir, cerré el libro
admirado de la capacidad de Kundera para adentrarse por los oscuros
vericuetos de eso que antes solían llamar ''el alma''. Tal vez tenía algunas
razones para poseer una mirada tan dolorosamente incisiva. Eso lo
descubriría el día siguiente.
El lunes no se hablaba de otra cosa entre los asistentes al Foro: dos
periodistas de la revista Respekt habían encontrado un informe de la policía
política de 1950 en el que se afirmaba que el estudiante Milan Kundera de 21
años (además del nombre lo identificaban con la fecha de nacimiento) había
delatado al ''agente de Occidente'' Miroslav Dvoracek, un checo exiliado que
había regresado clandestinamente al país. Según la denuncia, Kundera
--entonces un militante de la juventud comunista-- comunicaba que esa noche
Dvoracek pasaría por la residencia de estudiantes que él dirigía a recoger
un maletín que le había guardado una muchacha. El novio de la joven le había
hecho la confidencia a Kundera. En el maletín sólo había unas barbas
postizas y unos sombreros que servirían para disfrazar al presunto
infiltrado. Finalmente, Dvoracek, quien nunca conoció a Kundera, fue
condenado a 22 años de prisión, de los cuales cumplió 14 trabajando hasta
casi morir en una mina de uranio.
Kundera niega rotundamente que él haya sido el delator. Ni siquiera recuerda
los hechos. Algunos checos del mundillo intelectual lo respaldan y defienden
su inocencia. La media docena de escritores, diplomáticos y periodistas con
los que hablé piensan lo contrario. En el mismo número de Respekt, el jefe
de redacción, Martin M. Simcka, va más allá y cree encontrar rastros de su
culpabilidad en la propia obra de Kundera. Esa sería la clave de su
enigmático poema ''El último mayo'' publicado en 1955. Ese sería el fin
último de La broma, una novela de 1967 donde una simple irreverencia (una
postal chistosa escrita a una novia en la que afirma que ''el optimismo es
el opio del pueblo'' y se despide con un ''¡viva Trotski!'' se convierte en
la causa por la que lo persiguen los jóvenes comunistas, lo expulsan de la
universidad y le desgracian la vida). En la lectura original que se le dio a
la novela, se trataba de una crítica al dogmatismo y a la estupidez
insufrible de las dictaduras comunistas. En la nueva interpretación, además
de denunciar todo eso, Kundera realmente estaba haciendo una especie de
agónica catarsis. El no era el estudiante perseguido. El había sido el
estudiante perseguidor. Se estaba pasando una factura a sí mismo.
No sé si Kundera es culpable o inocente. Como lo admiro, quisiera creer que
nunca fue un delator, aunque las pruebas circunstanciales parecen demostrar
su responsabilidad. El era un joven comunista fanático de 21 años y estas
criaturas, como sus muy parecidos primos fascistas, suelen ser peligrosas.
Creen que la revolución justifica cualquier cosa y en nombre de la causa
gloriosa matan, delatan, golpean, mienten, escupen a sus adversarios, los
difaman. No tienen límite. Todos los archivos policíacos abiertos tras la
desaparición del comunismo cuentan cosas parecidas. En todas estas
dictaduras totalitarias --la Alemania nazi, la Italia fascista, la URSS y
sus satélites, Cuba incluida-- ocurrieron cosas parecidas y mil veces
peores.
Pero hay otra posibilidad, otro matiz. Acaso el gran culpable es el sistema.
Un sistema que fabrica monstruos y obliga a las personas a ensuciarse las
manos generando una terrible atmósfera de miedo y paranoia. Tal vez Kundera
no era un fanático (en esa época su padre ya había sido represaliado por los
estalinistas), sino un joven muerto de miedo al que alguien le comentó que
esa noche ''un infiltrado de Occidente'' iría a recoger una misteriosa
maleta a la residencia que él dirigía. ¿Y si el que le hizo la confidencia
era un informante de la policía? ¿Y si el otro contaba la historia? ¿Cómo
explicaba él su silencio? De alguna manera, el delator, forzado a la vileza,
era también una víctima.
En todo caso, el Kundera que escapó a París y desde allí ha escrito La
insoportable levedad del ser y otra media docena de libros excelentes no
tiene nada que ver con aquel estudiante fanático o aterrorizado que (tal
vez, no lo sabemos) denunció a un valiente disidente que trataba de
organizar la resistencia frente a la entonces incipiente dictadura
comunista. No creo que sus lectores deban dejar de leerlo por la duda
infamante. Acaso sucede lo contrario: no hay nada más kunderiano que este
trágico episodio en el que el escritor se ha convertido en personaje de una
novela real. ¿Podrá escribir esta novela terrible?
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