¿Por
qué dejaron de ser izquierdistas
Carlos Alberto Montaner
Hace casi 30 años, el novelista
Armas Marcelo, siempre dotado de un espíritu abierto, convocó a Canarias a
un grupo plural de intelectuales del ámbito iberoamericano para discutir los
asuntos más candentes de cuantos entonces afectaban a nuestras sociedades.
Naturalmente, acudí, y escribí un texto sobre la represión contra los
escritores, creyentes y homosexuales en Cuba, y solicité firmas para una
carta abierta en la que exigíamos que al poeta Heberto Padilla se le
permitiera salir del país.
La reacción fue lamentable. Hubo gritos, insultos, abucheos y ridículas
amenazas contra mi vida ("Esto te puede costar muy caro", me dijo Ariel
Dorfman con el gesto torcido de Humphrey Bogart, dado que todavía no se
había estrenado El Padrino). Yo no había dicho una sola mentira, no había
exagerado un ápice el clima de terror que se vivía (y se vive) en Cuba, pero
la izquierda marxista no estaba dispuesta a admitirlo. Para sus
simpatizantes, todo lo que yo contaba, pese a la evidencia, eran
fabricaciones del Pentágono. Fue entonces cuando un jovencísimo escritor
español, para mí desconocido, pidió la palabra e hizo una formidable defensa
de los demócratas cubanos y una denuncia apasionada de la barbarie comunista
absolutamente persuasiva.
Fue la primera vez que escuché su nombre, Federico Jiménez Losantos, y
hablaba con la paradójica autoridad que se derivaba de su reciente
militancia comunista. Había pasado por el PC, se había escorado aún más a la
izquierda dentro de Bandera Roja, conocía la experiencia china de primera
mano, hasta que, finalmente, había roto con esa nefasta ideología, y le
parecía abominable que los intelectuales de nuestro ámbito, que deberían
estar defendiendo la libertad y apoyando a las víctimas, se hubieran
convertido en cómplices de las tiranías.
Tras el ejemplo de Federico, probablemente alentados por su resuelta
elocuencia, siguieron varias voces, entre las que creo recordar a Sánchez
Dragó, Jorge Semprún, Xavier Domingo y otros pocos escritores que tenían
algo en común: todos procedían de la izquierda. Habían sido comunistas en su
primera juventud, y luego, asqueados, se habían apartado de la doctrina y
del partido, denunciando, generalmente, la inflexibilidad de los dirigentes
y, sobre todo, el divorcio entre el socialismo teórico y el real. Mientras
los comunistas hablaban del futuro luminoso que le esperaba a la humanidad
poscapitalista, las sociedades controladas por ellos eran calabozos
repulsivos, como advertía Solzhenitsin en el Archipiélago Gulag.
Estos recuerdos me vinieron a la mente tras la lectura de un libro
extraordinario, Por qué dejé de ser de izquierdas, editado en Madrid por
Ciudadela, escrito y compilado por dos de los mejores periodistas españoles
jóvenes, Javier Somalo y Mario Noya, prologado por Javier Rubio –buen pintor
renegado y magnífico ensayista-, y finalizado con un epílogo de César Vidal,
nuestro Isaac Asimov: un asombroso erudito que domina ocho idiomas y, aunque
no ha cumplido los cincuenta años, ya ha publicado unos 160 libros valiosos
en todos los géneros, dentro en un amplísimo espectro que abarca desde una
biografía de Lincoln hasta los sanguinolentos detalles de los asesinatos de
miles de prisioneros inocentes a manos de las checas comunistas durante la
Guerra Civil española.
El libro se compone de testimonios y entrevistas a diez intelectuales que
comenzaron militando en cualquiera de las variantes de la izquierda:
Federico Jiménez Losantos, Amando de Miguel, Pío Moa, Carlos Semprún Maura,
Horacio Vázquez-Rial, Juan Carlos Girauta, José María Marco, Cristina
Losada, José García Domínguez y Pedro de Tena.
El más radical de ellos, sin duda, fue Pío Moa –hoy un historiador
exitosísimo y polémico-, quien en su juventud fue miembro activo del GRAPO,
una organización de chiflados ultramarxistas dedicados a los asaltos y los
asesinatos. Los más prudentes y moderados, en cambio, son José María Marco
(ensayista muy sutil, historiador) y Amando de Miguel, brillante sociólogo,
también asombrosamente prolífico, ambos más próximos al socialismo
vegetariano que al radicalismo carnicero de la fauna leninista.
¿Qué hizo que estas personas (y Octavio Paz, Vargas Llosa, Ernesto Sábato,
Plinio Apuleyo Mendoza y tantos otros intelectuales valiosos) abandonaran el
comunismo y comenzaran a defender los valores de la libertad? En primer
lugar, la dolorosa comprobación de que los gobiernos comunistas, sin
excepción, construían unas sociedades muy pobres y brutales de las que
invariablemente las personas intentaban huir desesperadas. Todos los
experimentos comunistas fracasaban, sin importar el sustrato sobre el que
trataban de erigir el sistema: fracasaban los germanos, los eslavos, los
latinoamericanos (Cuba y Nicaragua), los asiáticos, los negros africanos.
Todos, sin excepción.
¿Por qué? Y este era el segundo descubrimiento: porque el comunismo era un
disparate teórico. No era cierto que la doctrina era hermosa y su ejecución
fallida. La doctrina se basaba en un grave error intelectual y en una
lamentable falta moral que inevitablemente conducían al desastre y al
terror. Por eso, las personas más inteligentes, y las genuinamente
interesadas en el prójimo, la abandonaban. Este libro lo explica con una
claridad irrefutable.
Noviembre 14, 2008
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