El
Salvador en la encrucijada
Carlos Alberto Montaner
Madrid -- Mauricio Funes, el
presidente electo de El Salvador, está colocado frente a un dilema
potencialmente devastador: o dedica su paso por el gobierno a mejorar
sustancialmente la democracia liberal y el régimen de economía de mercado
que le han abierto las puertas del poder en unas elecciones limpias, o se
empeña en demoler una y otro para incorporar a su país a la crispada familia
del “socialismo del siglo XXI”, como le susurran al oído los elementos más
radicales del FMLN, y como desde Caracas le sugiere a gritos el señor Hugo
Chávez, pintoresco apóstol de esa delirante utopía.
Si el señor Funes se decanta por la primera opción, que es la de la
sensatez, probablemente acabará rompiendo con el FMLN que le proporcionó la
franquicia política comunista que le permitió ganar las elecciones. Si elige
la senda chavista, sin duda se ganará el aplauso de la izquierda lunática y
numerosas portadas de revistas, pero empobrecerá aún más a sus compatriotas,
los colocará al borde del conflicto armado, y echará por tierra todo lo que
El Salvador ha hecho razonablemente bien a lo largo de los últimos veinte
años, las dos mejores décadas, por cierto, de su atormentada historia como
nación independiente.
Pero el dilema de Funes no es menor que el de sus adversarios. Los
dirigentes areneros, molestos tras haber perdido las elecciones por apenas
un dos por ciento de los votos después de veinte años consecutivos de
gobierno, sabedores de que la mitad más poderosa y mejor educada del país
los respalda, incluidas las fuerzas armadas, pueden sentir la tentación de
hacer una oposición dura y sin cuartel hasta hacer ingobernable al país y
así tratar de evitar que se entronice en El Salvador otro régimen
autocrático y antioccidental de signo colectivista como los que preconiza la
casa matriz “bolivariana”.
No obstante, los militantes de ARENA y el vasto sector empresarial que apoya
a ese partido político, también pueden hacer lo contrario: acercarse al
presidente Funes y proponerle un acuerdo serio para mejorar la imperfecta
calidad de la democracia salvadoreña, erradicando la corrupción,
introduciendo elementos de transparencia en la administración pública, e
invirtiendo una buena cantidad de recursos en crear empresas de alto valor
agregado que generen empleos bien remunerados, a cambio de que se mantengan
en pie las instituciones republicanas y se garanticen los derechos humanos y
el respeto a la constitución vigente.
Si el sentido común prevaleciera en el terreno político, lo prudente, en
esta etapa, sería tenderle lealmente la mano a Funes hasta conseguir
averiguar si se trata de un reformador bienintencionado consagrado a
corregir muchos de los males que afligen al país, o, por el contrario, si
estamos ante otro ignorante revoltoso, superviviente ideológico de la Guerra
fría, enquistado en la mentalidad de los años ochenta del siglo pasado,
incapaz de aprender de la experiencia ajena y dispuesto a repetir otra vez
el cruel disparate de la construcción del socialismo, como si los cien
millones de muertos que costaron los experimentos marxistas del siglo XX no
sirvieran de nada.
De triunfar la prudencia, ¿se sentiría traicionada esa mayoría de
salvadoreños que, aunque fuera por un estrecho margen, votó por Funes y el
FMLN? No lo creo. La inmensa mayoría de esos electores apostó por un cambio
que le trajera mejores condiciones de vida materiales, y no por ciertas
confusas abstracciones teóricas o por un determinado “modelo” de Estado. Lo
que desean, como todos los pueblos, es más oportunidades de trabajo y una
sociedad más justa, y no enterrar tres generaciones en el esfuerzo inútil de
“hacer la revolución”, tarea que ya sabemos que conduce al matadero, al
calabozo o la indigencia.
¿Qué va a suceder? Pronto lo sabremos. Posiblemente, en los primeros cien
días del gobierno de Funes. Cualquiera de los dos caminos que tome tendrá
que comenzar rápidamente a transitarlo.
Marzo
22, 2009
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