Las dos falacias de la reelección indefinida
Carlos Alberto Montaner
El debate es muy viejo y provocó
la carnicería mexicana de 1910. ¿Cuánto tiempo consecutivo debe ocupar la
presidencia una misma persona dentro de un sistema democrático? ¿Cuatro,
cinco, seis años? ¿Un periodo, dos, de manera indefinida? Los gobiernos de
la cuerda chavista (por ahora Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador)
aspiran a perpetuarse en el poder mediante diversas fórmulas de reelección
presidencial. Para eso han reformado (o tratan de hacerlo) sus
constituciones en medio de grandes tensiones políticas. El presidente
colombiano Alvaro Uribe, con el ochenta por ciento de apoyo popular y el
prestigio de ser el mandatario más eficaz que ha pasado por el Palacio de
Nariño, también estudia volver a postularse tras convocar a un referéndum
que legitime ese nuevo mandato. El hondureño Zelaya, con un nivel de rechazo
mucho más notorio, acaricia el mismo sueño.
Son dos los argumentos más frecuentemente esgrimidos por los partidarios de
la reelección indefinida: uno moral y otro de orden práctico. El moral se
acoge a la supuesta esencia de la democracia: si la sociedad, libremente,
así lo desea, ¿por qué una disposición legal va a impedirlo? El práctico se
remite a la continuidad de la obra de gobierno: durante un periodo
presidencial convencional, o dos, no hay tiempo para llevar a cabo los
cambios que necesita el país. Es necesario prolongar ese esfuerzo. En rigor,
se trata de dos falacias. La democracia o regla de la mayoría es sólo un
método para tomar decisiones colectivas. Ese método, por ejemplo, se utiliza
para elegir gobernantes, para decidir la inocencia o culpabilidad de las
personas en los juicios por jurado, o para administrar una sociedad por
acciones o un edificio de propiedad colectiva. Pero el voto no es la esencia
de las repúblicas presidencialistas. La razón de ser de los gobiernos
republicanos es la protección de las libertades y los derechos individuales.
Las repúblicas surgen, precisamente, para impedir la aparición de tiranías,
incluidas las de la mayoría.
En una verdadera república, fiel a los valores de esta forma de gobierno, la
mayoría no tiene el ''derecho'', por ejemplo, a perseguir a los homosexuales
o a prohibirles el acceso a la universidad a los ''enemigos ideológicos''.
El principio republicano de las barreras a la autoridad de los gobernantes
incluye y presupone el límite temporal por el que se designa al mandamás
para que nos represente y administre al Estado. La mayoría no puede
imponernos al mismo mandatario por tiempo indefinido sin violar la esencia
del pensamiento republicano. No se trata de que sea buen o mal gobernante:
para ser un buen gobernante hay que saber entregar el mando pacíficamente y
ser reemplazado por otro ciudadano elegido para encabezar el servicio
público.
El argumento de orden práctico es aún más débil. En realidad, es imposible
acabar la obra de gobierno, como si se tratara de la edificación de una
casa, con un principio y un fin, porque la naturaleza de los problemas va
cambiando constantemente y las sociedades alteran el orden de sus
prioridades. Una catástrofe natural, una importante innovación técnica, una
grave conmoción social o un simple cambio en la realidad económica
internacional pueden modificar la situación y descarrilar los planes de
gobierno. En rigor, eso es lo que siempre sucede. Los gobernantes electos
llegan al poder y ponen proa rumbo a cierto destino, mas los vientos
inmediatamente comienzan a desviarlos de sus objetivos. Pero para eso
existen las instituciones: el que viene detrás enmienda, corrige el
derrotero, y reordena las prioridades de acuerdo con la nueva realidad. Un
presidente no es otra cosa que el capitán provisional de un buque condenado
a navegar eternamente.
Jamás ha existido sobre la tierra un gobernante que haya cumplido con todos
los objetivos que se ha propuesto. Para que eso suceda tendría que haberse
producido una parálisis social e histórica exactamente en el punto en el que
formuló sus planes de gobierno. De ahí que la tarea más importante, para
cualquier estadista realmente responsable y preocupado por el destino
nacional, es fortalecer las instituciones para que la transmisión de la
autoridad funcione de una manera natural, admitiendo, aunque contradiga su
natural egocentrismo, que el andamiaje republicano no ha sido concebido para
cultivar el caudillismo de los hombres excepcionales, sino la sosegada
alternancia en el uso del poder. Como reza el melancólico dictum: los
cementerios están llenos de personas imprescindibles.
Abril 5, 2009
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