Amor y
odio al Norte y al Sur
Carlos Alberto Montaner
Obama será la estrella de la
Quinta Cumbre de las Américas. Es el más vistoso y admirado de los
gobernantes del hemisferio. La reunión esta vez se celebrará en
Trinidad-Tobago entre el 17 y el 19 de abril. Acudirán los mandatarios de
los 34 Estados afiliados a la OEA. Cuba no asiste porque su gobierno fue
expulsado de ese organismo en los años sesentas por agredir a la democracia
venezolana de Rómulo Betancourt. No obstante, Hugo Chávez, acompañado por su
afinado coro de niños cantores del socialismo del siglo XXI --Evo Morales,
Rafael Correa y Daniel Ortega-- se ocupará de defender el punto de vista de
la dictadura cubana. Ya Chávez ha advertido que llevará una buena
''artillería''. No lo dudo.
Algunos expertos le echan en cara a Obama que no se ocupa del sur de su
frontera. Es una queja recurrente. Lo decían de George W. Bush, aunque el
anterior mandatario chapurreaba el español heroicamente y visitó a los
latinoamericanos con mayor frecuencia que ningún otro presidente
norteamericano. Eso no impidió que en el 2005, en Mar de Plata, durante la
Cuarta Cumbre, el entonces presidente argentino Néstor Kirchner, de acuerdo
con Hugo Chávez, convirtiera aquel evento en un juego poco amable de
linchamiento del gringo, en medio de un circo de provincia que incluía a
Hebe Bonafini en el papel de la mujer barbuda y a Maradona como el enano del
cañonazo.
No creo que esta vez sean tan duros con Obama. Trinidad-Tobago alberga una
población negra, india y mestiza que simpatiza intensamente con el
presidente de Estados Unidos. En todo caso, hay algo patético en esa
obsesión de ciertos latinoamericanos de que Estados Unidos los tenga en
cuenta. Los presidentes norteamericanos tampoco se ocupan de Suiza o de
Bélgica y jamás he visto a un ciudadano de esos países neuróticamente
preocupado por la indiferencia de Washington. Las naciones maduras cumplen
sus compromisos, tienen buenas relaciones con los demás Estados y se dedican
a resolver sus propios problemas. No esperan el alivio ni la salvación del
exterior.
En los años sesenta Estados Unidos, bajo la batuta de John F. Kennedy, puso
en marcha la Alianza para el Progreso, y en una década el país desperdició
inútilmente veinte mil millones de dólares. Se dice rápido, pero esa cifra
casi duplica el monto de la ayuda dedicada a Europa con el Plan Marshall,
aunque en América Latina no ocurrió nada.
O pasó algo aún peor: tras la Alianza para el Progreso, que supuestamente
había surgido para desarrollar la región dentro de los parámetros del
capitalismo de mercado y consolidar las democracias, vino un periodo
nefasto. Por una punta aparecieron las dictaduras estatistas de signo
antinorteamericano: Torrijos y luego Noriega en Panamá, Velasco Alvarado en
Perú, Daniel Ortega en Nicaragua; por la otra, se enseñorearon en el
continente los regímenes militaristas de derecha sobre una montaña de
cadáveres: Argentina, Brasil, Chile y Uruguay.
Me temo que Estados Unidos ya ha descubierto que puede hacer muy poco para
dotar de prosperidad económica o libertades políticas a los países
latinoamericanos, pero esa limitación no impide que cualquier nación pueda
salir adelante. Trinidad-Tobago, por ejemplo, tiene un PIB per cápita mayor
que cualquier país iberoamericano, jamás ha padecido una dictadura y nunca
ha sufrido un golpe militar.
A lo mejor ése es un buen tema para discutir durante la Cumbre y entretener
al presidente Obama: ¿cómo y por qué las islas del Caribe inglés (o del
holandés) no sólo son democracias estables, sino que han conseguido, en
algunos casos, superar en muchos aspectos a las sociedades hispanas? Algunos
lo atribuyen al sistema parlamentario. Otros piensan que el predominio
protestante y la tradición y valores británicos son básicos. Yo no estoy
seguro de nada, pero no creo que con Estados Unidos exista esa adolescente
relación amor-odio que se observa en Iberoamérica. Ese es un buen punto de
partida.
Abril 12, 2009
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