Otra vez sangre, sudor y lágrimas
Carlos Alberto Montaner
Madrid -- Daniel Ortega, el
presidente nicaragüense, ha hablado con desprecio de los partidos políticos.
Según él, dividen a los pueblos. Los fragmentan en porciones hostiles. Lo
conveniente es un partido único, dirigido por un líder carismático, que
interprete las necesidades de las masas y ponga en marcha las medidas de
gobierno que requiere el bien común.
Al margen de sus convicciones comunistas, reverdecidas bajo
el amparo económico de Hugo Chávez y la tutoría intelectual de Fidel Castro,
esta andanada contra el pluripartidismo es producto de la reciente visita de
Ortega a La Habana, donde conversó durante cuatro horas con el viejo
comandante, provisionalmente repuesto del cáncer y de los divertículos que
le pulverizaron los intestinos y le dejaron como recuerdo un ano contra
natura. En la jerga política del gobierno cubano, al pluripartidismo se le
llama ''pluriporquería''. Daniel suscribe con entusiasmo ese juicio político
y regresó a Managua dispuesto a enterrar la pluriporquería.
El presidente ecuatoriano Rafael Correa dijo algo parecido
durante la Cumbre de las Américas celebrada en Trinidad y Tobago. El
periodista (y buen novelista) Juan Manuel Cao le preguntó por la represión
en Cuba y la suerte de los presos políticos que hay en la isla, y el joven
mandatario le respondió que la única democracia no es la occidental, que
Cuba tiene un sistema diferente, pero legítimo de expresar la soberanía
popular, y a continuación hizo una encendida defensa de los cinco espías
cubanos presos en Estados Unidos por delitos que van desde la complicidad en
el asesinato de los pilotos desarmados de una organización que ayudaba a
salvar balseros cubanos (Hermanos al Rescate), hasta la infiltración en una
base militar norteamericana, de cuyos movimientos informaban al alto mando
militar cubano con datos que luego podían ser compartidos con países como
Irán o Corea del Norte. (Durante las dos guerras contra Irak los servicios
cubanos le transmitieron información militar valiosa a la dictadura de Sadam
Hussein.)
Para acabar con el pluripartidismo, la tumultuosa familia
del ''socialismo del siglo XXI'' (por ahora Venezuela, Cuba, Bolivia,
Ecuador y Nicaragua) cuenta con un instrumento temible: tribunales
totalmente dependientes del caudillo que ordena y manda. Así acaba de
suceder en Venezuela con el popular alcalde de Maracaibo, Manuel Rosales,
que ha tenido que huir a Perú falsamente acusado de corrupción; así ocurrió
en Bolivia con Leopoldo Fernández, prefecto de Pando, a quien le imputan una
inverosímil corresponsabilidad en la masacre de una veintena de campesinos
cometida por grupos paramilitares; así sucede en Nicaragua, donde al
diputado Eduardo Montealegre (a quien le robaron descaradamente su triunfo
electoral por la alcaldía de Managua) lo amenazan con llevarlo a la cárcel
por haber realizado o autorizado unas transacciones bancarias que no
violaban ninguna ley del Estado.
Para eso han quedado los tribunales en el perímetro del
socialismo del siglo XXI: para acosar y demoler las maquinarias políticas de
la oposición o para triturar a sus líderes. Con total franqueza lo explicó
Evo Morales a los ministros de su gabinete, y cito de memoria: ``ustedes
hagan la trampa que tengan que hacer, y luego busquen los argumentos legales
para justificarlo, que para eso son abogados''.
Uno pudiera pensar que detrás de ese comportamiento hay
cinismo e hipocresía, pero no es verdad. Lo que hay son convicciones
ideológicas. Esta tribu de la izquierda carnívora no cree en el
pluripartidismo, en la alternancia en el poder, o en los límites a la
autoridad. Todas esas son zarandajas inventadas por la burguesía explotadora
para perpetuarse en el gobierno. Tampoco cree en el equilibrio de poderes
independientes que se contrapesan, en la democracia representativa, en las
virtudes del mercado o en la existencia de derechos naturales que protegen a
las personas de las arbitrariedades del Estado o de otras personas.
Estamos en presencia de una fuerza política convencida de
las virtudes del mando vertical, absolutamente entregada a la creencia de
que la soberanía popular encarna en la cabeza del Estado, ese caudillo lleno
de buenas intenciones, esa noble criatura dotada de un instinto excepcional
que lo precipita a crear un mundo justo e igualitario para beneficio de sus
necesariamente dóciles súbditos. Una fuerza política, además, persuadida de
que el comercio libre es una artimaña de las potencias imperiales para
subyugar a los pueblos del tercer mundo porque, como afirma Evo Morales,
Occidente representa ``la cultura de la muerte''.
Curiosamente, los latinoamericanos estamos reeditando una
batalla que pareció librarse a principios del siglo XIX entre el absolutismo
español de Fernando VII y las ideas liberales de los próceres de la
Independencia. No hay nada más parecido al pensamiento monárquico
conservador de las fuerzas realistas de Fernando VII que el socialismo del
siglo XXI, y, por la otra punta del conflicto, no hay nada más próximo a las
ideas de sus adversarios que el discurso político de personajes como
Miranda, Bolívar, Sucre o Santander, partidarios todos del diseño
republicano, de la libertad económica, de la existencia de derechos
naturales (incluidos el de propiedad), firmes creyentes en que la soberanía
residía en el pueblo y se delegaba su representación mediante elecciones
democráticas.
¿En qué va a parar este enfrentamiento? A principios del
siglo XIX ganaron las ideas de la libertad. A principios del siglo XXI
ocurrirá lo mismo, pero costará sangre, sudor y lágrimas.
Abril 26, 2009
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