La justicia con espada y rabia
Carlos Alberto Montaner
Terminó la injerencia judicial española en los asuntos de otras naciones.
Los legisladores, a toda prisa, han aprobado una ley para impedir que la
Audiencia Nacional continúe juzgando presuntos crímenes ocurridos fuera del
país. Lo que parecía ser una actitud generosa para castigar culpables de
crímenes horrendos, se había convertido en una actividad disparatada y
frívola.
Aunque no se mencionó, el detonante parece haber sido la decisión de un juez
de encausar a China por la represión contra los tibetanos y a ciertos altos
funcionarios norteamericanos por las torturas cometidas contra los detenidos
en Guantánamo. Era un despropósito que España se convirtiera en el severo
vengador de los crímenes ajenos cuando el país ignoró o amnistió los crímenes
cometidos durante la guerra civil por los propios españoles. Los
parlamentarios socialistas, liberal-conservadores y nacionalistas,
juiciosamente, apoyaron la medida de abandonar ese hipócrita rol. Sólo se
opusieron los comunistas de Izquierda Unida y otros dos minúsculos grupos de
esa misma cuerda ideológica que no tienen la responsabilidad de gobernar, sino
el deseo obsesivo de aparecer en los diarios.
Por otra parte, los tribunales españoles no están, francamente, para impartir
lecciones internacionales de probidad y justicia. Entre las instituciones más
deterioradas del país está, precisamente, el poder judicial. Los jueces y los
fiscales se vinculan a agrupaciones por sus afinidades ideológicas, y
continúan en los tribunales sus batallas políticas. Si un acusado es percibido
como una persona de derecha y le toca un juez o unos fiscales de izquierda, lo
probable es que la sentencia sea condenatoria. A la inversa, aunque tal vez
con menos desparpajo, suele suceder lo mismo. La justicia española no tiene
una venda en los ojos y una balanza en la mano, sino empuña una espada con
rabia y lleva una escarapela en la cabeza. Se ha devaluado vergonzosamente.
El asunto es muy grave. Se suele olvidar que en la Edad Media la legitimidad
de los reyes no provenía realmente de la gracia de Dios, sino de su
''jurisdicción'', esto es, de la forma en que impartieran justicia o ''dijeran
derecho''. El rey tenía que ser un juez imparcial o no merecía ser rey. La
espina dorsal de la estabilidad política y de la conformidad de los ciudadanos
con el sistema político en el que viven es la administración de justicia.
Cuando el ciudadano percibe que el Estado no actúa justa y equitativamente, su
reacción predecible será militar contra el sistema. Otra de las consecuencias
más devastadoras de la mala calidad de la justicia es que la sociedad que la
padece multiplica el incumplimiento de las leyes. ¿Para qué obedecer las
reglas si ignorarlas no suele tener consecuencias o sólo las tiene para quien
no posee las conexiones adecuadas?
Y si en España es grave el paulatino deterioro de la justicia, en América
Latina el panorama es aún más desolador. Los partidos políticos se reparten
las instancias judiciales descaradamente como si fueran parcelas de poder o un
botín conseguido tras el asalto a las urnas. Los políticos se aseguran la
impunidad propia nombrando a ''sus jueces'', o utilizando los tribunales para
descabezar al adversario fabricándole falsos delitos. Es lo que estamos
observando todos los días en Venezuela con el acoso a Globovisión y a la
familia Zuloaga. Es lo que sucede en Nicaragua con la artificial persecución
judicial a uno de los líderes de la oposición, Eduardo Montealegre. Es lo que
vemos en la utilización de Interpol para perseguir a los enemigos,
transformando esa útil red policiaca internacional en un brazo sectario
dedicado a inmovilizar a enemigos incómodos que ni siquiera pueden viajar
porque no saben en cuál aeropuerto serán detenidos por haber sido catalogados
como delincuentes peligrosos por algún gobierno inescrupuloso.
¿Es posible la justicia penal internacional?
Tal vez sí (aunque yo tengo mil dudas y objeciones), pero siempre y cuando los
tribunales no sean nacionales, sino internacionales, para que no intervengan
en sus decisiones y sentencias las batallas políticas internas o la búsqueda
de notoriedad de jueces y fiscales que desean construirse un futuro político
propio. En todo caso, harían muy bien España y las naciones latinoamericanas
en examinar con mucho cuidado el sistema de administración de justicia que
poseen. Están minando los fundamentos del Estado de derecho. Están jugando con
fuego.
Junio 27, 2009
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