Chile y el continente inmaduro
Carlos Alberto Montaner
Chile
va bien. Los chilenos parecen estar a salvo de la idiotez ideológica, tan
tercamente instalada en la vida política latinoamericana. El dato más
destacado de las pasadas elecciones no es la contundente victoria de
Sebastián Piñera en la primera vuelta, como predecían todas las encuestas,
sino la clarísima derrota de Marco Enríquez-Ominami (MEO), un candidato de
la izquierda bananera, vecina del chavismo bolivariano, rociada en este caso
por un glamoroso aroma parisino.
El joven
diputado, criado en Francia, apenas alcanzó el 20% de los sufragios. Su jefe
de campaña y principal soporte financiero fue Max Marambio, un hombre con un
pasado sombrío y violento, vinculado durante décadas al gobierno cubano,
fuente primigenia de su notable riqueza personal. Si MEO se hubiera alzado con
la presidencia, Chile habría entrado en un nuevo periodo de convulsiones y
enfrentamientos, sin otro destino que un aumento de la pobreza, más atraso
relativo y una notable destrucción de capital.
A los
pocos días de esta primera ronda electoral --la segunda, entre Piñera y
Eduardo Frei será en enero--, hubo otra noticia relevante: Chile fue admitido
a la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico). Es el
trigésimo primer país que integra ese selecto grupo de naciones, en general
las mejor gobernadas del planeta. La razón esgrimida para aceptarla en el club
es la calidad de sus "políticas públicas''. Y es cierto, en Chile el sector
público es razonablemente honrado, transparente y eficaz. No es perfecto y hay
grandes deficiencias, como sabemos todos los que leemos habitualmente los
informes de "Libertad y Desarrollo`, el gran think-tank nacional, pero
la calidad del estado chileno es la más alta de América Latina.
Eso es
lo que explica la fidelidad de la inmensa mayoría de la población al modelo de
estado en el que vive. Los chilenos no quieren demolerlo, como propone la
irresponsable izquierda carnívora, sino perfeccionarlo, porque les ha dado
resultado. El 75% de los electores, esos que votaron por Piñera o por Frei,
desean vivir en un país en el que impere la ley, abierto al mundo, en el que
se respeten los derechos individuales, mientras el aparato productivo, regido
por la competencia, permanece en manos privadas, porque tienen malos recuerdos
de las viejas etapas estatistas.
Los
chilenos no quieren un gobierno de caudillos, sino de instituciones guiadas
por la meritocracia, y rechazan las aventuras radicales y los enfrentamientos
clasistas, dado que la porosidad social y las oportunidades económicas
permiten escalar posiciones mediante el trabajo honrado, dentro de los códigos
del sistema. En suma, los chilenos no están enfermos de ``tercermundismo'',
esa crónica enfermedad de la mente y el corazón que aniquila las neuronas e
impide interpretar la realidad con un mínimo de sentido común. Lejos de odiar
al primer mundo, desean formar parte de él.
Naturalmente, hay diferencias entre Piñera y Frei, como las hay entre Obama y
McCain, entre Thatcher y Blair, entre Aznar y Felipe González, pero son
diferencias de matices. Esencialmente, discuten y discrepan sobre la
intensidad de la presión fiscal y la asignación del gasto público, o sobre la
tasa de interés, o sobre el volumen de la masa monetaria --temas
extremadamente importantes, por cierto--, pero no cuestionan el corazón
institucional del sistema, basado en la separación y equilibrio de poderes, ni
los fundamentos filosóficos de la democracia liberal, ni el principio básico
de que todos los ciudadanos deben colocarse bajo la autoridad de la ley,
comenzando por los gobernantes, porque están de acuerdo en que ese modelo,
acompañado por la libertad para producir y consumir, ha sido el que ha
potenciado el formidable desarrollo de esas treinta y una sociedades
incardinadas en la OCDE, a donde justamente hoy pertenece Chile.
Bien por
Chile. Los pueblos no están a salvo de las catástrofes políticas hasta que un
porcentaje abrumador de los adultos respaldan el modelo económico y jurídico
por el que rigen su convivencia, persuadidos de que el estado es capaz de
acomodar sus valores e intereses de una manera justa, al tiempo de que los
políticos y funcionarios hacen bien sus tareas de gerentes.
¿Hay
alguna otra sociedad latinoamericana, además de la chilena, que haya alcanzado
ese mismo grado de consenso y cohesión? Probablemente, Costa Rica y Panamá.
Acaso, Perú, Colombia y Brasil, con grandes dificultades, se decantan en esa
dirección, pero no abundan las democracias maduras en nuestros parajes. Siguen
siendo la excepción en medio de un continente tumultuoso e inmaduro.
Diciembre 20, 2009
Imprimir
esta página