Siempre La Habana
Carlos Alberto Montaner
Presentación del libro
Havana Forever escrito por Kenneth Treister, Felipe J. Préstamo y
Raúl B. García, publicado en el 2009
por
University Press of Florida.
Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos
7 de diciembre de 2009.
Universidad de Miami,
Coral Gables, Florida
Comienzo citando unas líneas de la canción Habáname de Carlos Varela:
Habana, Habana/si bastara una canción/para devolverte todo/lo que el tiempo te
quitó/Habana, mi Habana/si supieras el dolor/que siento cuando te canto/y no
entiendes que es amor.
Me han pedido que presente Havana Forever, a pictorial and Cultural
History of an Unforgettable City, La Habana para siempre, una historia
cultural y pictórica de una ciudad inolvidable, publicada por University
Press of Florida este año de 2009, escrita en inglés por Kenneth Treister,
Felipe Préstamo y Raúl B. García, tres magníficos arquitectos unidos no sólo
por la profesión, sino por el amor a la Habana.
Para mí es muy grato porque se trata de una obra importante y muy bien
investigada que penetra en el corazón de una parte sustancial de la cubanidad.
Se han hechos muy buenas historias de Cuba y magníficos libros de fotografías
de La Habana –quizás la capital más retratada de América Latina--, pero hacía
falta esta historia de la arquitectura habanera, fragmento clave del acontecer
cubano. Conocer esa evolución es aproximarse a nuestra historia desde un
ángulo vital.
Mi Habana
Yo nací y viví los primeros diez años de mi vida en La Habana vieja, en la
calle Tejadillo, y guardo unos recuerdos entrañables de la ciudad, de sus
olores rancios y salobres, de las campanadas de la catedral cercana, de
algunas de sus calles, entonces adoquinadas, por donde transitaban viejos y
maravillosos tranvías. Recuerdo, incluso, cuando los sustituyeron por
autobuses, una decisión muy de la época, pero probablemente equivocada.
Como mi hermano mayor y yo éramos muy traviesos y arriesgados, anduvimos solos
por todos aquellos parajes desde los siete años de edad, y era frecuente que
nos escondiéramos en las cuarterías donde residían algunos amiguitos del
barrio para evitarnos el aburrido expediente de acudir a la escuela.
Así, de una manera natural, fui adquiriendo el único nacionalismo real que
existe, el de la vinculación emocional al paisaje urbano en el que uno crece.
Tal vez, la única nostalgia real que siento, medio siglo después de haber
dejado a Cuba, son esos recuerdos esporádicos que vuelven como chispazos
imprevistos.
La patria es una noción inasible que se nos escapa fácilmente. Uno no ama a la
patria en abstracto. Uno, en cambio, ama al paisaje que contempló durante la
infancia y adolescencia.
El patriotismo real, el único psicológicamente posible, es el urbano, el
citadino.
La democracia y el nacionalismo nacieron en las ciudades griegas, en cada una
de ellas, no en la confederación que alguna vez se forjara. No había griegos
en el sentido exacto de la palabra. Había atenienses, tebanos o espartanos que
a veces se profesaban odios terribles.
Uno ama cierta callejuela en la que patinaba. Yo amo la Loma del Ángel en la
que me deslizaba en una carriola o patinete de madera, hasta que las ruedas de
un automóvil mataron a un chiquillo al que llamábamos “Motoneta” que solía
hacer el mismo recorrido.
Amo el Anfiteatro donde aprendí a montar bicicleta, y la ancha acera de la
calle Cuba, frente al parque, donde el viejo Evencio tenía un sitio en el que
nos las alquilaba.
Amo, también, el bar Cabaña, donde a los once años estrené la atolondrada
adolescencia de la primera cerveza y el primer juego de cubilete, y en el que
una famosa actriz me hizo un cálido gesto lascivo que no he olvidado nunca.
Muertos y ciudades
De adulto, entendí la importancia de las ciudades en el espíritu humano cuando
leí la obra monumental de Lewis Mumford sobre la historia de las ciudades.
Fue fascinante aprender que nuestra verdadera historia comenzó con el entierro
de los muertos. Las primeras ciudades no fueron para alojar a los vivos, sino
a los muertos.
En algún punto de la historia, coincidieron los cementerios, las tierras
fértiles y la agricultura. Y así, paulatinamente, la aventura de la sociedad
se fue haciendo cada vez más compleja.
Junto a los cementerios se juntaron los chamanes que hablaban con los muertos
y conjuraban los demonios de las enfermedades.
Los cementerios los custodiaban los tipos fuertes que ejercían la autoridad y,
sobre ellos, los caudillos urgidos de la necesidad de mandar, nuestros monos
Alfa.
De la ciudad, con el tiempo, surgieron el Estado, las leyes, las instituciones
para organizar la convivencia.
La ciudad necesitó caminos y acueductos y parió la ingeniería.
Necesitó alimentos y fomentó el comercio y la navegación.
Tuvo excedentes, y los perros, los cerdos y las ratas se acercaron a comer los
desperdicios. Los perros y los cerdos se amansaron. Las ratas siguieron siendo
ellas mismas hasta hoy, hoscas e independientes.
La ciudad permitió que las mujeres se ayudaran en la cría colectiva de los
hijos, lo que facilitó la supervivencia.
La ciudad fue abriendo espacios reservados a los trabajadores especializados.
En Madrid, adonde me fui a vivir en 1970, me encantaba pasear por las calles
de los vinateros, de las hilanderas, de los cordeleros. Hubo barrios de
artistas y escritores. También de prostitutas pobres y “arrecogías”.
Cuando me mudé a Madrid, no me detuve hasta que pude comprar una vivienda en
el solar donde estuvo la casa en la que vivió y murió Cervantes. El viejo
edificio, erigido a principios del XIX, había utilizado los antiguos muros de
la vivienda cervantina en la antiquísima calle del León.
Me encantaba cruzar la acera y saludar al fantasma de Lope de Vega, cuya
grata residencia se mantiene intacta. O girar a la derecha y pasar rápidamente
frente a donde vivió Quevedo, muy cerca, por cierto, del convento donde yacen
los huesos de Cervantes, en una fosa común, porque la familia no tuvo dinero o
entusiasmo para pagarle una tumba propia.
Me imagino que, de vivir en La Habana, mis fetiches hubieran sido otros: la
casita de la calle Paula, aseada y graciosa, donde vivió Martí, o los
palacetes en los que Aldana, Martínez de Pinillos y Arango y Parreño vieron
transcurrir sus vidas agitadas y fructíferas.
Salí demasiado joven, a los 18 años, a una edad en que uno no sabe disfrutar
del valor de las piedras. ¿Cuántas veces pasé por la Fragua martiana, en lo
que fueron las Canteras de San Lázaro, sin detenerme a imaginar lo que allí
sucedía cuando Martí cumplía su pena carcelaria?
Pero las piedras tienen un valor incalculable. Son una referencia espiritual.
Atan a la tierra.
Alguna vez he escrito que Kafka no hubiera sido Kafka sin su experiencia
urbana, aquella Praga maravillosa, con ese callejón de los alquimistas a la
sombra del Castillo en el que alguna vez residió y multiplicó su melancolía.
La vida urbana es una experiencia de doble dirección. La ciudad nos hace y
nosotros hacemos a las ciudades.
En el primer capítulo de mi libro Los latinoamericanos y la cultura
occidental me remonto a los griegos y a los romanos porque todavía
sobreviven en nuestro mundo los rasgos urbanizadores más importantes de
aquellas civilizaciones.
En nosotros, sin que lo sepamos, se esconden antiquísimos cazadores nómadas,
guerreros medievales y humildes inmigrantes gallegos, pero también viven
Hipócrates y Vitrubio, los dos grandes teóricos de la construcción civil de la
antigüedad clásica.
La Habana es el resultado de todo eso. De Grecia, de Roma, de la morería
pendenciera y culta, de la España medieval y renacentista. Es también obra del
Barroco europeo, de los arquitectos militares italianos que construyeron las
líneas defensivas del imperio español, de los artistas deslumbrados por la
grandeza de París y de New York.
Cuando Diego Velázquez se convierte en gobernador de la Isla de Cuba, a
principios del siglo XVI, construye en su nuevo destino una casa sevillana y
la llena de los refrescantes azulejos y mosaicos moriscos que tiene en su
memoria.
Lo primero que hace un inmigrante cuando consigue reunir cierta fortuna es
construir una vivienda que le recuerde la casa que tuvo o la que le hubiera
gustado tener en su país de origen. No se triunfa hasta que no se conquista
esa soñada residencia.
Por eso el mundo americano está lleno de casas italianas, de cortijos
españoles y hasta de palacetes franceses. La hacienda latinoamericana es el
cortijo español, que, a su vez, es la villa romana. El batey, las paredes de
tablas y los frescos techos de guano son un homenaje a los arahuacos
desaparecidos, pero no del todo.
En La Habana, suma y compendio de muchos mundos, hay todo eso.
Como cuenta este libro, a fines del XIX y principios del XX, cuando la
burguesía habanera y santiaguera era muy catalana, importó de Barcelona la
estética racionalista de aquellos tiempos.
Si hay dos ciudades realmente hermanas, o dos fragmentos de ciudades, son el
ensanche de Barcelona y el Vedado.
Es conmovedor comprobar, como relata el libro que hoy presento, que, en medio
de los amargos encontronazos del machadato, entre 1925 y 1930, cuando Cuba
ensayaba su primer gran descalabro republicano, el gobierno invita a un
arquitecto francés, Forestier, para que rediseñe la capital y la llene de
jardines y avenidas, un poco como Haussman lo había hecho con París a mediados
del siglo XIX durante el gobierno de Napoleón III.
Aunque la influencia norteamericana era grande y creciente, París seguía
siendo la gran referencia estética para los habaneros. Es verdad que Forestier
sólo pudo llevar a cabo una parte pequeña de sus planes, pero la intención del
gobierno, su preocupación estética, era clarísima.
En suma, la clase dirigente cubana durante la República sabía o intuía que la
capital debía llenarse de parques y edificios hermosos. Era su responsabilidad
más obvia.
Era, además, una tradición que venía de la colonia. Tacón, a mediados del XIX,
edificó en La Habana un enorme teatro que mejor encajaba en Madrid o en Viena,
y se trajo de Francia una lámpara monumental para iluminarlo. ¿Para qué lo
habían mandado a Cuba si no era para engrandecer a La Habana?
Años más tarde, también en el XIX, el ingeniero Alvear hizo el acueducto que
lleva su nombre, una obra maestra de la ingeniería hidráulica, todavía
vigente.
Menocal ordenó un palacio presidencial que recordara la más armónica
arquitectura francesa. Por ese palacio pasaron 21 presidentes, y si la
revolución sólo lo utilizó durante los meses que Urrutia gobernó en 1959, es
porque Fidel Castro, con su cabeza de pistolero paranoico, siempre al frente
de la UIR, pensó que era un lugar difícil de proteger en caso de un ataque
armado.
El arte de hacer ruinas
El libro Havana Forever termina con una deprimente visión de la
La Habana contemporánea, vecina del extraordinario documental germano-cubano
El arte nuevo de hacer ruinas. El largo gobierno de los Castro, que
prácticamente ocupa la mitad de la vida independiente del país, es el primero
que deja a La Habana en circunstancias infinitamente peores que las que
encontró.
Este libro sirve para examinar la capital que los cubanos tenían en 1902,
cuando se inauguró la República, y ver las sucesivas mejoras que experimentó
la ciudad, hasta que llegó el Comandante y terminó con esa gloriosa tradición.
La ciudad que Estrada Palma dejó, es mejor que la que recibió. El mismo
fenómeno se observa tras los gobiernos de José Miguel Gómez, de Mario García
Menocal, de Alfredo Zayas, de Gerardo Machado, de Laredo Bru, de Fulgencio
Batista, de Ramón Grau, de Carlos Prío y, otra vez, de Batista.
Es esos 56 años que duró la República hubo crisis económicas y políticas,
insurrecciones, desórdenes, revoluciones, dictaduras, motines callejeros. Hubo
de todo: pero también hubo progreso continuado.
La Habana de los años cincuenta, con sus majestuosos barrios residenciales,
con sus parques y monumentos, era una ciudad bellísima, una de las más bellas
de América Latina y, por qué no, del mundo.
¿Cómo pudo la ciudad mejorar y embellecerse en medio de épocas que parecían, y
eran, tortuosas?
Esencialmente, primero, porque había dos fuentes paralelas de desarrollo
urbano. La que dictaba el gobierno y la que llevaba a cabo la sociedad civil.
Los sucesivos gobiernos, acertadamente, construían el Palacio Presidencial, el
Capitolio, la Universidad o la carretera central, pero la sociedad civil
urbanizaba el Vedado y Miramar, erigía el Edificio Bacardí, Tropicana, o el
famoso Focsa.
Los focos de creación urbana eran centenares. El ímpetu empresarial era
múltiple. Alguna vez le he leído al arquitecto Nicolás Quintana que hubo
periodos, durante la llamada “danza de los millones”, que se inauguraban diez
edificios al día.
Nada de eso es posible en el socialismo, que concentra la creatividad en las
manos cansadas de un puñado de burócratas carentes de imaginación y de
espíritu emprendedor, más interesados en mantener sus puestos que en
transformar la realidad de una manera beneficiosa.
El segundo aspecto que explica la incuria tremenda del comunismo es la falta
de vasos comunicantes con las fuentes creativas del planeta. Los ingenieros,
arquitectos y urbanizadores cubanos, desde la época de la colonia, estuvieron
enlazados a la mejor intelligentsia del mundo.
Tal vez todo comenzó cuando Antonelli creó las bases de la arquitectura
militar en Cuba, pero continúa ininterrumpidamente durante siglos, y culmina,
a mediados del XX, cuando viajan a la Isla personajes como Walter Gropius,
fundador del movimiento Bauhaus, o José Luis Sert.
La intelligentsia habanera, la llamada sociedad civil, habitante de un
puerto de mar abierto al comercio internacional, siempre estuvo conectada con
las mejores cabezas de Occidente. Formaba parte de ese mundo. Se nutría de
esas influencias. Y eso se terminó cuando la dictadura comunista cercenó
cruelmente todas las relaciones con las fuentes creativas urbanizadoras de las
grandes ciudades del planeta y las limitó a la paupérrima influencia
soviética, con sus edificios grises y sin gracia, más próximos a las colmenas
que a las residencias para humanos.
El tercer elemento que hay que tomar en cuenta para entender la crisis urbana
de los cubanos y la decadencia monstruosa de La Habana, es la crónica falta de
productividad del sistema comunista.
La construcción hermosa y nueva, y el cuidado y mantenimiento del patrimonio,
requiere contar con abundantes excedentes. Eso no es posible en un modelo
económico colectivista en el que la producción está en las manos de los
burócratas del partido, los precios se fijan arbitrariamente, y los bienes y
servicios se asignan de una manera rígida.
Donde no hay libertad económica, donde no existe la libertad para producir,
inevitablemente sobreviene la pobreza. Donde no hay propiedad privada, se
extingue la voluntad de mantener las casas, las plazas y los edificios. Esta
observación la hizo Aristóteles hace 2,500 años y sigue siendo cierta.
Una de los trágicas verificaciones de la Ciencia económica a lo largo del
siglo XX, es esa afirmación de Pero Grullo que nos asegura que las personas
cuidan mucho más los bienes propios que los comunes, como se desprende de la
experiencia y del sentido común.
Y en el socialismo esa natural tendencia se agudiza por la relación hostil que
surge entre el Estado y una sociedad condenada a vivir en la pobreza por la
terquedad ideológica de los amos. Para mucha gente sometida a la horma del
marxismo-leninismo, el vandalismo contra los bienes comunes es una forma sorda
de protestar contra el sistema o, al menos, de tomar venganza.
En cambio, en las sociedades en las que el espacio público ha sido segregado
libre y consensuadamente por la sociedad, y en las que los funcionarios
electos o designados son servidores públicos obedientes de la ley y no
mandamases inclementes, las personas tienden a cuidar los espacios comunes con
mucho más esmero que en las sociedades comunistas.
Un ciudadano de París, Venecia, Barcelona o Praga, vive orgulloso de su ciudad
y no quiere lastimarla. La ciudad le pertenece y él le pertenece a la ciudad.
Un ciudadano de La Habana, Santiago de Cuba o Matanzas, padece la incómoda
sensación de que es un forastero al que los funcionarios del Partido dejan
vivir graciosa, pero miserablemente en una urbe que no le pertenece. Por eso
crece, implacable, la intensa práctica del vandalismo, propia de las
sociedades comunistas. Es la represalia secreta contra el amo cruel.
El cuarto elemento es una fatalidad derivada del tipo de caudillismo que
padece Cuba. Es muy grave que Cuba haya sido dirigida durante más de medio
siglo por Fidel Castro, pero esa circunstancia empeora cuando sabemos que este
señor carece de refinamiento estético y su idea platónica de la ciudad apenas
trasciende el caserío remoto de Birán, la hacienda rural de sus padres en la
provincia de Oriente.
La estética urbana de Fidel Castro, amo y señor de los destinos de Cuba, y
probablemente de su hermano Raúl, tiene que ver con el mundillo agropecuario
de su infancia, o con sus correrías en Sierra Maestra, paisaje donde ha sido
más feliz en toda su vida, dato que se traduce en la pasmosa indiferencia con
que ha visto la paulatina destrucción de una ciudad que nunca fue capaz de
apreciar.
¿Qué le importa a Fidel Castro el derrumbe de miles de casas hermosas o la
decadencia creciente de La Habana y de todas las ciudades de la Isla, si
carece de instinto para captar la belleza del entorno porque en su escala de
valores no comparece la estética urbana?
Machado también era un dictador, un pequeño dictador, como lo fue Batista, y
ninguno de los dos era especialmente instruido, pero de alguna manera ambos
sabían o intuían que era conveniente dotar a los cubanos de un entorno urbano
elegante y, en algunos casos, suntuoso, porque la belleza de La Habana era un
patrimonio colectivo que debía aumentarse.
Por eso La Habana no dejó de embellecerse, aun en los momentos más trágicos,
como esas ancianas pizpiretas que se echan colorete en los carrillos para
enfrentarse dignamente a las peores enfermedades.
Por último
¿Qué más puede decirse de este libro? Que aparece en un momento clave, cuando
el régimen comunista está en su última etapa y quienes lo administran se
encuentran totalmente desmoralizados tras medio siglos de fracasos
inocultables.
Cuando llegue el momento final, ese día glorioso de soltar los prisioneros,
los once millones de prisioneros que sufren en la cárcel grande, La Habana
resurgirá de las ruinas, como resurgieron las ciudades europeas tras los
devastadores bombardeos de la Segunda guerra mundial. Entonces, hojear este
libro será un ejercicio de inspiración. La ciudad inolvidable recobrará
forever su esplendor. Lo recuperará para siempre, porque esa es su
vocación y ese es su destino.
Diciembre 18, 2009
Imprimir
esta página