Cómo crear empleos
Carlos Alberto Montaner
Dice Obama que quiere fomentar la
creación de empleos. Cree que la recesión no termina, realmente, mientras
casi la totalidad de la población activa no encuentre cómo ganarse la vida.
En Estados Unidos el desempleo anda por el 10%. En España ese porcentaje se
duplica y el gobierno de Zapatero se hunde paulatinamente, como si estuviera
en una tembladera. Los dos, Obama y Zapatero, piensan utilizar el gasto
público para estimular la economía. George W. Bush lo había hecho antes,
enviando a los norteamericanos un cheque de 200 dólares, medida que estaba
más cerca de la demagogia populista que de una política económica seria.
Todo eso es lamentable.
Hace unos cuarenta años, un candidato venezolano a la presidencia prometió
durante su campaña que crearía miles de empleos a poco de llegar al poder.
Dicho y hecho: dictó un decreto mediante el cual obligaba a contratar a una
persona para que apretara los botones en todos los ascensores del país. La
sociedad aplaudió agradecida sin advertir que eso equivalía a crear falsos
empleos, quiero decir, trabajos innecesarios que no aumentan la producción de
riquezas ni mejoran la productividad. Poco después, volvió a la carga: obligó
a que en los baños públicos hubiera siempre un encargado de limpieza. Otras
decenas de miles de puestos de trabajo fueron creados con un chasquido de los
dedos.
El mundo está lleno de ejemplos parecidos. En Andalucía, en el sur de
España, se les paga a unos desempleados para que barran los parques, en lo que
parece ser un curioso traslado de polvo de un sitio a otro. En Argentina, se
subsidia a los ``piqueteros'' para que no armen trifulcas o para que las
organicen contra los adversarios del gobierno. Tanto en Estados Unidos como en
la Unión Europea se les entrega grandes sumas de dinero público a ciertos
empresarios agrícolas o ganaderos para que produzcan menos, como si la función
del gobierno fuera mantener altos algunos precios.
Todo eso suele ser contraproducente. Para mantener el desempleo a niveles
bajos, como sucede en Suiza, donde continúan por debajo del 4.5%, la única
fórmula es contar con miles de empresas eficientes que compiten agónicamente y
se esfuerzan en producir cada vez más utilizando cada vez menos recursos, es
decir, aumentando la productividad y generando beneficios que les permiten
ahorrar, invertir y crecer, lo que se transforma en nuevas oportunidades
laborales.
Si un Estado quiere contribuir a reducir o liquidar el desempleo debe
estimular la competencia, eliminarles obstáculos, reducir los impuestos,
facilitarles la contratación, lo que también quiere decir abaratar los
despidos, para que resulte factible expandirse en los ciclos favorables sin
desaparecer cuando llega la hora de las vacas flacas.
Y si realmente desea que aumenten los salarios, el camino es fomentar la
creación de empresas en el ámbito privado, lo que muy bien puede incluir las
cooperativas u otras formas de propiedad colectiva, pero no en el sector
público, porque ya sabemos a dónde conduce el Estado-empresario: a una cloaca
de corrupción, dispendio y atraso técnico.
uienes todavía piensan que este modo de actuación convierte al Estado en
cómplice del ``capital'' en detrimento del ``trabajo'', aún permanecen
encharcados en las peligrosas supersticiones de la lucha de clases. El asunto
es muy sencillo: en una sociedad sana todos los adultos deben colaborar con su
propia manutención y con las responsabilidades colectivas, y eso sólo se puede
lograr si desempeñan una tarea que genere o contribuya de algún modo a
producir ganancias. (Un policía o un juez, por ejemplo, no crean beneficios
directamente, pero sin las tareas que ellos desarrollan seguramente las
empresas no podrían funcionar).
Desgraciadamente, para cualquier gobierno lo más fácil, y lo que más votos
produce, es repartir dinero y asignar privilegios, operación a la que casi
nadie se opone por un rasgo fatal de este tipo de acción: quienes se
benefician (los que reciben) tienen nombre, apellido y rostro conocido, pero
quienes se perjudican (el resto que paga la factura) es una masa difusa de
contribuyentes que ni siquiera percibe que le están metiendo la mano en el
bolsillo. Son víctimas inocentes que pagan con sus impuestos, o con inflación
(que es un impuesto oculto) las maniobras clientelistas de los políticos de
turno. Es muy difícil ponerle fin a esa perversa forma de empobrecer a los
pueblos.
Enero 17, 2010
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