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La columna semanal de
Carlos Alberto Montaner

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“Se estima que su columna sindicada es leída por seis millones de personas. Sus opiniones hacen que tiemblen políticos en España y América Latina ... Mantendrá su posición como uno de los más respetados periodistas de la región”.
‘The Powerful 100’, Poder, marzo de 2003.

“His syndicated column is read by an estimated 6 million readers. His opinions make politician in Spain and Latin America tremble … He will maintain his position as one of the region’s most respected journalist”.
‘The Powerful 100’, Poder, March 2003.


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Cómo crear empleos

Carlos Alberto Montaner

Dice Obama que quiere fomentar la creación de empleos. Cree que la recesión no termina, realmente, mientras casi la totalidad de la población activa no encuentre cómo ganarse la vida. En Estados Unidos el desempleo anda por el 10%. En España ese porcentaje se duplica y el gobierno de Zapatero se hunde paulatinamente, como si estuviera en una tembladera. Los dos, Obama y Zapatero, piensan utilizar el gasto público para estimular la economía. George W. Bush lo había hecho antes, enviando a los norteamericanos un cheque de 200 dólares, medida que estaba más cerca de la demagogia populista que de una política económica seria. Todo eso es lamentable.

Hace unos cuarenta años, un candidato venezolano a la presidencia prometió durante su campaña que crearía miles de empleos a poco de llegar al poder. Dicho y hecho: dictó un decreto mediante el cual obligaba a contratar a una persona para que apretara los botones en todos los ascensores del país. La sociedad aplaudió agradecida sin advertir que eso equivalía a crear falsos empleos, quiero decir, trabajos innecesarios que no aumentan la producción de riquezas ni mejoran la productividad. Poco después, volvió a la carga: obligó a que en los baños públicos hubiera siempre un encargado de limpieza. Otras decenas de miles de puestos de trabajo fueron creados con un chasquido de los dedos.

El mundo está lleno de ejemplos parecidos. En Andalucía, en el sur de España, se les paga a unos desempleados para que barran los parques, en lo que parece ser un curioso traslado de polvo de un sitio a otro. En Argentina, se subsidia a los ``piqueteros'' para que no armen trifulcas o para que las organicen contra los adversarios del gobierno. Tanto en Estados Unidos como en la Unión Europea se les entrega grandes sumas de dinero público a ciertos empresarios agrícolas o ganaderos para que produzcan menos, como si la función del gobierno fuera mantener altos algunos precios.

Todo eso suele ser contraproducente. Para mantener el desempleo a niveles bajos, como sucede en Suiza, donde continúan por debajo del 4.5%, la única fórmula es contar con miles de empresas eficientes que compiten agónicamente y se esfuerzan en producir cada vez más utilizando cada vez menos recursos, es decir, aumentando la productividad y generando beneficios que les permiten ahorrar, invertir y crecer, lo que se transforma en nuevas oportunidades laborales.

Si un Estado quiere contribuir a reducir o liquidar el desempleo debe estimular la competencia, eliminarles obstáculos, reducir los impuestos, facilitarles la contratación, lo que también quiere decir abaratar los despidos, para que resulte factible expandirse en los ciclos favorables sin desaparecer cuando llega la hora de las vacas flacas.

Y si realmente desea que aumenten los salarios, el camino es fomentar la creación de empresas en el ámbito privado, lo que muy bien puede incluir las cooperativas u otras formas de propiedad colectiva, pero no en el sector público, porque ya sabemos a dónde conduce el Estado-empresario: a una cloaca de corrupción, dispendio y atraso técnico.

uienes todavía piensan que este modo de actuación convierte al Estado en cómplice del ``capital'' en detrimento del ``trabajo'', aún permanecen encharcados en las peligrosas supersticiones de la lucha de clases. El asunto es muy sencillo: en una sociedad sana todos los adultos deben colaborar con su propia manutención y con las responsabilidades colectivas, y eso sólo se puede lograr si desempeñan una tarea que genere o contribuya de algún modo a producir ganancias. (Un policía o un juez, por ejemplo, no crean beneficios directamente, pero sin las tareas que ellos desarrollan seguramente las empresas no podrían funcionar).

Desgraciadamente, para cualquier gobierno lo más fácil, y lo que más votos produce, es repartir dinero y asignar privilegios, operación a la que casi nadie se opone por un rasgo fatal de este tipo de acción: quienes se benefician (los que reciben) tienen nombre, apellido y rostro conocido, pero quienes se perjudican (el resto que paga la factura) es una masa difusa de contribuyentes que ni siquiera percibe que le están metiendo la mano en el bolsillo. Son víctimas inocentes que pagan con sus impuestos, o con inflación (que es un impuesto oculto) las maniobras clientelistas de los políticos de turno. Es muy difícil ponerle fin a esa perversa forma de empobrecer a los pueblos.

Enero 17, 2010

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