Marxistas y liberales:
respuesta al economista Haroldo Dilla
Carlos Alberto Montaner
He leído con mucho interés, como suelo hacer, la respuesta de Haroldo Dilla.
No sabía que era un experto en historia haitiana. La bibliografía de él que
conozco no permite adivinar esa faceta suya. Me parece admirable.
Mi conocimiento sobre Haití, en cambio, es más bien precario. He leído lo que
cuentan las historias generales de América Latina, algunos ensayos biográficos
aislados y varias docenas de artículos especializados. Apenas he visitado el
país media docena de veces, y sólo en dos de ellas me aventuré a recorrerlo
junto a líderes haitianos que entonces estaban vinculados a la Internacional
Liberal. Fue de labios de ellos que escuché muchas historias del cochero
Toussaint L´Overture, un personaje dotado de cierto talento como guerrero, de
Henry Christophe, sirviente en un hotel con bastante de psicópata sanguinario,
cuya Citadelle recorrí con una mezcla de admiración y horror, y de Dessalines,
tan desdichado que era esclavo de otro negro, lo que, curiosamente, no
disminuyó su odio feroz contra los blancos, actitud de la que los dominicanos
todavía guardan cierta memoria.
Mi visión de las relaciones entre Haití y República Dominicana la adquirí en
los magníficos libros de mi amigo Frank Moya Pons y en larguísimas charlas con
tres de los dominicanos más inteligentes que he tratado en el país: Federico
Henríquez Gratereaux, Frank Marino Hernández y José Israel Cuello. Frank
Marino, lamentablemente, ya murió.
Los escuchaba con gran atención porque, al fin y al cabo, era una historia
que, en alguna medida, me resultaba cercana. Una rama de mi familia materna
llegó a Santo Domingo en el segundo viaje de Colón, allí se mantuvo cuatro
siglos, y desciende directamente de Rodrigo Bastida y de su yerno Gonzalo
Fernández de Oviedo. Mi abuela (Lavastida Landestoy) ahí nació y emigró a Cuba
a principios del siglo XX. A lo largo del XIX, generalmente huyendo de la
guerra y de la invasión haitiana, muchos de sus parientes ya se habían
instalado en Cuba. Mi abuela, por cierto, estaba emparentada, con dos ilustres
domicanos-cubanos: Máximo Gómez Báez (por los Báez) y José María Heredia (por
los Heredia).
Nada de esto, naturalmente, tiene que ver con el intercambio de ideas (no lo
llamaría debate) con el amigo Dilla, pero supuse que a algunos lectores
cubanos avecindados en República Dominicana les interesaría conocer estos
curiosos detalles familiares escasamente relevantes, salvo para mi propia
tribu.
Voy al grano.
Repito el corazón de mi argumentación: Haití, paulatinamente, se convirtió en
un estado fallido porque saltó del barracón a la casa de gobierno, sin
experiencia en la administración y con una élite tan frágil y tan poco densa
que no fue capaz de crear instituciones republicanas sólidas y no supo
transmitir la autoridad de una manera racional.
En última instancia, lo que afirmo es que el estado haitiano fracasó por
razones endógenas y no por causas externas. Ni la deuda impuesta por los
franceses como indemnización por la pérdida de la colonia, ni la ausencia de
reconocimiento internacional (que no impedía el comercio), ni el trato áspero
de las grandes potencias causaron la progresiva pauperización y crisis del
Estado haitiano. Fue la élite haitiana, salida del seno de esa convulsa
sociedad, la que tomó los caminos equivocados para el conjunto.
Con el objeto de demostrar que las cosas hubieran podido ser de otro modo,
destaqué el caso de la vecina isla de Barbados, reseñada en el Índice de
Desarrollo Humano que anualmente publica Naciones Unidas como la sociedad
más exitosa de América, exceptuados Estados Unidos y Canadá. Y si apelé a ese
ejemplo, fue para demostrar que una sociedad de orígenes muy parecidos a los
de Haití (una terrible plantación de esclavos cruelmente maltratados por sus
amos) podía triunfar si contaba con las instituciones adecuadas, extremo que
fue posible en ese país por la honda huella civilizadora y la experiencia en
autogobierno que dejó Gran Bretaña en la Isla.
La reacción de Dilla a este argumento me parece sorprendente. Dilla se rió
cuando la leyó y hasta buscó a Marx en su ayuda (entiendo que con esas
apoyaturas se equivoque frecuentemente). Precisamente, por el hecho de ser un
“microestado”
desovado por el peor colonialismo esclavista, con sólo
431 kilómetros cuadrados y unos 300,000 habitantes —una densidad poblacional
parecida a la haitiana—, es la demostración de que no hay estados “inviables”,
sino estados pésimamente gobernados.
Si los barbadienses, en el mismo escenario caribeño, en un espacio mucho más
reducido, con peores condiciones naturales que Haití, han logrado crear
suficientes riquezas (US$17,000 de PIB anual medido en poder de compra) y
constituido una sociedad educada y decente, con sólo una décima parte de la
población por debajo de los límites de pobreza, eso demuestra que tanto los
problemas como las soluciones dependen del comportamiento interno de la
sociedad y no de las circunstancias exteriores.
Me imagino que a Dilla también le parecerá risible el caso del Principado de
Andorra, de tamaño similar a Barbados, pero con un milenio de historia exitosa
y pacífica en medio de dos países que se destripaban frecuentemente. Y
seguramente se reirá de Singapur, otro microestado que comenzó su andadura
independiente en 1966, en medio de una crisis política y económica enorme,
exactamente cuando las supersticiones marxistas demolían el aparato productivo
cubano.
Como los resultados de ambos países —Cuba y Singapur—, al cabo de varias
décadas están a la vista, ni siquiera me tomo el trabajo de contrastar qué ha
ocurrido en el microestado asiático frente a lo sucedido en la pobre Cuba,
porque estoy seguro de que Dilla, además de conocer profundamente la historia
haitiana, maneja la información adecuada sobre la economía contemporánea. La
diferencia, además, no es para reír sino para echarse a llorar.
Por otra parte, fui yo quien encontró cómica la explicación de Dilla del
catastrófico desempeño haitiano: “Yo remito esa caída —dice— a la manera como
Haití quedó inserto en la economía regional/mundial en el siglo XX, como
proveedora de mano de obra barata y desprotegida para la acumulación
capitalista en Cuba y República Dominicana (…)”. O sea, para el amigo Dilla la
Teoría de la Dependencia, pese a la experiencia de la segunda mitad del siglo
XX, continúa vigente. Como suelen decir los españoles, hay gente “inasequible
al desaliento”. Cuanto lo siento.
Dilla no ha leído las declaraciones de Fernando Henrique Cardoso (autor del
mejor resumen de ese disparate, escrito junto a Enzo Faletto), en las que pide
que olviden cuanto escribió basado en la absurda premisa de la Teoría de la
Dependencia, desmentida una docena de veces por casos como los de Taiwán,
Corea del Sur, Singapur, etc., países de la supuesta “periferia” que pasaron a
formar parte del “centro” con la colaboración y no la oposición de las
naciones desarrolladas.
Dilla no ha tomado en cuenta las humildes rectificaciones de la CEPAL a las
elucubraciones equivocadas de los economistas estructuralistas que le dieron
vida, ni siquiera las del propio Raúl Prebisch, apóstol del desaguisado a
mediados del siglo pasado. Dilla, cuando ve el ejemplo del Estado de Israel,
un pequeño gigante brotado en el desierto, no es capaz de comprobar que nada
ni nadie impide que una sociedad progrese y prospere en las peores
circunstancias. Empantanado en la visión victimista de la Teoría de la
Dependencia, el amigo Dilla es indiferente a la realidad.
Como Dilla, además, no sabe qué es la modernidad ni cómo se forjó, pero tiene
la gentileza de recomendarme lecturas (que buscaré ávidamente), me permito
proponerle que lea con mucho cuidado la obra de Douglass North, el Premio
Nobel de Economía (1993), para que pondere el peso de las instituciones en el
desarrollo económico, y en especial sus finas disquisiciones sobre las
“sociedades de acceso abierto y acceso limitado”, porque probablemente eso
contribuirá a ampliarle sus horizontes de análisis, tal vez muy constreñidos
por la pobreza sin remedio del pensamiento marxista.
Otros autores que seguramente no eran populares en Cuba, pero que le
recomiendo vivamente para que entienda mejor cómo las sociedades crean o
destruyen la riqueza, además de North, son F. Hayek, James Buchanan, Gary
Becker, Robert Fogel, Milton Friedman —los cinco obtuvieron el Nobel de
Economía, y dos que no lo recibieron, pero lo merecían: L. von Mises e Israel
Kirsner. La ventaja que tiene este selecto grupo de pensadores liberales es
que abordan el tema desde diversas perspectivas: culturalistas,
institucionalistas, monetaristas, fiscalistas y empresarialistas.
Tampoco entiendo muy bien (salvo si tomo en cuenta los estereotipos absorbidos
por Dilla en Cuba tras medio siglo de distorsiones de la percepción) que me
incite a “dar un paso adelante respecto a los dogmas liberales y la retórica
del discurso seguro que le acompañan”.
¿Qué debo abandonar del pensamiento liberal? Me encantaría que me lo señalara.
Los principios básicos que defendemos los liberales, y las medidas de gobierno
que solemos recomendar, son estos: defensa de las libertades individuales,
límites a la autoridad, separación y equilibrio de poderes, respeto por los
derechos humanos, laicismo del sector público, tolerancia con la diversidad,
supremacía de la sociedad civil, exigencia de transparencia y rendición de
cuentas en los actos de gobierno, igualdad ante leyes neutrales, pluralismo
político, consultas democráticas periódicas, descentralización del Estado,
economía libre que respete la propiedad privada y que deje al mercado, y no a
la arbitrariedad de los comisarios, la asignación de recursos o la fijación de
los precios (como sucede en Cuba), comercio libre, control del gasto público y
de la inflación, equilibrio fiscal, competencia entre las empresas y
meritocracia entre las personas.
Francamente, me intriga saber cuáles son los principios o las medidas de
gobierno que le resultan equivocadas o contraproducentes al economista Dilla.
¿Se da cuenta el amigo Dilla que las treinta naciones más felices y
desarrolladas del planeta son las que se conducen con arreglo a esos
principios y medidas liberales, unas veces bajo la gerencia de
socialdemócratas, y otras bajo democristianos, conservadores o los que nos
llamamos liberales, hijos todos de una misma familia procreada, en los tiempos
modernos, por Locke, Smith, Montesquieu y una larga cadena de pensadores que
desde la Ilustración hasta nuestros días han ido refinando incesantemente las
ideas originales que dieron origen a la democracia liberal?
Me temo, en cambio, que es el amigo Dilla quien debe revisar sus lecturas y
premisas, porque lo que no encaja en la tradición liberal de Occidente es el
marxismo, con su receta odiosa de lucha de clases, dictadura del proletariado,
intolerancia, y desaparición de las libertades y de la propiedad privada,
inevitablemente conducentes a los mataderos y el empobrecimiento.
¿Cómo se puede ser marxista tras la horrenda experiencia del siglo XX?
Realmente, lo ignoro. ¿Se ha percatado Dilla de que el marxismo, convertido en
discurso legitimador del gobierno, siempre ha terminado erigiendo paredones y
calabozos en medio de la miseria? ¿Cómo se puede ser marxista tras los
ejemplos de las dos Alemania y las dos Corea? ¿Cómo se puede ser marxista y
conocer a fondo lo sucedido en nuestra desdichada Cuba? ¿Cómo se puede ser
marxista cuando se comprueba, invariablemente, que en la construcción de los
estados comunistas han fracasado germanos, eslavos, turcomanos, latinos,
latinoamericanos, asiáticos, católicos, ortodoxos, protestantes, todos,
porque, como me confesara con humildad Alexander Yakolev, el padre de la
Perestroika, en su despacho de Moscú (que antes había sido de Suslov), la
sangrienta utopía marxista no tenía en cuenta la naturaleza humana.
En fin: tal vez la diferencia esencial entre ser liberal y marxista es ésta:
un verdadero liberal, si no está dispuesto a traicionar los valores que
perfilan su conciencia, tiene la obligación moral de respetar a un marxista
aunque piense que está equivocado; un marxista, en cambio, en nombre de la
revolución se siente justificado para perseguir a un liberal, encarcelarlo,
matarlo si es necesario y, en definitiva, extirparlo de la faz de la tierra
porque los adversarios de sus ideas son, en realidad, despreciables enemigos
del pueblo. Es lo que han hecho siempre cuando han ocupado el poder.
LEA EN ESTE ENLACE LA POLÉMICA COMPLETA, CON LOS TEXTOS DE HAROLDO DILLA
Enero 22, 2010
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