Port-au-Prince o la ciudad
imposible
Carlos Alberto Montaner
Cuando
se entierre el último cadáver haitiano comenzará la reconstrucción de
Port-au-Prince. No es la primera vez que una población tiene que rehacer una
parte sustancial de la ciudad en la que vive tras la devastación producida
por terremotos, incendios, huracanes o por bombardeos. En este caso, no
obstante, hay un aspecto muy peculiar: antes del seísmo, la capital del país
era un total desastre urbano. Los edificios eran precarios, feos, muchas
viviendas no era otra cosa que casuchas construidas con unas cuantas vigas
de madera cubiertas de latón. El suministro de agua potable y alcantarillado
apenas llegaba a la tercera parte de la población. Las calles solían ser
unos cariados caminos de polvo que se tornaban en lodazales con las lluvias
tropicales.
Más que
una ciudad, Port-au-Prince era un amasijo urbano en un creciente proceso de
“tugurización''. ¿Cómo llegó a ese extremo? Miles de campesinos sin oficio ni
beneficio a lo largo del tiempo se habían ido incorporando paulatinamente a la
desvencijada urbe porque en las zonas rurales las posibilidades de
supervivencia eran aún peores. Mientras en el resto de América Latina las
capitales suelen ser sitios notables moteados con barrios miserables,
Port-au-Prince era una ciudad absolutamente miserable salpicada con algunas
zonas aceptables de confort.
En
principio, ante esta situación, el terremoto podría aparecer como una
oportunidad para construir una capital mejor, diferente, pero las ciudades son
siempre una expresión de su realidad económica y social, de la cosmovisión de
sus habitantes, de sus inclinaciones estéticas, de las riquezas que son
capaces de generar, del orgullo histórico con que las contemplan. En Europa,
por ejemplo, es conmovedora la voluntad de los alemanes de Dresde por rehacer
la ciudad gloriosa que un día fue sede del soberano de Sajonia (y donde
Schiller, siglos más tarde, escribiera el Himno a la alegría que es hoy
la canción oficial de la Unión Europea), una bella ciudad devastada por los
bombardeos de la Segunda guerra y luego por la estupidez urbanística de los
comunistas de la RDA que la controlaron por más de cuarenta años.
Pero,
¿qué van a reconstruir los pobres haitianos? ¿Cuál es la memoria histórica que
quieren reproducir? ¿Cuál es la referencia que guardan en la memoria? Cuando
los polacos rehicieron el casco histórico de Cracovia apelaron a las fotos
anteriores a la guerra. Amaban la ciudad destruida y querían recuperarla. Los
pobres haitianos, comprensiblemente más interesados en sobrevivir que en
cualquier otra cosa, no tenían (tal vez no podían tener) amor por una ciudad
de la que era imposible sentirse orgullosos. Al menos, esa ha sido la triste
sensación que he tenido en cada una de las cinco o seis visitas que he hecho a
Port-au-Prince.
La
paradoja es tremenda. Por supuesto, hay que barrer los escombros y construir
escuelas, hospitales, viviendas y caminos a la mayor velocidad posible; y es
verdad que esos trabajos, pagados por las naciones ricas, estimularán la
economía, pero probablemente ese intenso foco de actividad laboral atraerá más
población rural hacia la abatida ciudad, lo que en su momento acentuará muchos
de los problemas que padecía antes del terremoto.
Hace ya
varias décadas que escuché la frase “Haití no es viable como nación''.
Entonces, alguna publicación internacional tan creativa como impráctica
propuso que una parte sustancial de los haitianos se trasladara a la Guyana
francesa, en la frontera de Brasil, territorio semidespoblado, tres veces
mayor que Haití, pero con una densidad de población cien veces menor. Nadie,
claro, le hizo el menor caso.
En
realidad, no hay países inviables si su sociedad es capaz de crear un aparato
productivo que pueda sostener a la población. Israel es más pequeño que Haití,
originalmente su territorio es infinitamente menos fértil, la densidad de
población es considerablemente más alta, pero Israel es un país tan rico que
hoy tiene a cientos de médicos, socorristas y personal sanitario ayudando a
los haitianos dentro del mayor hospital de campaña de cuantos ayudan en
Port-au-Prince. ¿Cómo ha logrado ese milagro? Todos lo sabemos: fomentando un
enorme capital humano. Junto a la reconstrucción de la ciudad hay que pensar
en la reconstrucción de la sociedad. No hay ciudad confortable sin ciudadanos
aptos. Ese es el reto.
Enero 24, 2010
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