Se multiplica la violencia en
Venezuela. Las turbas chavistas amenazan, golpean y acosan a los
adversarios del gobierno que se atreven a protestar públicamente. A veces
utilizan armas de fuego. Se desplazan en motocicletas desde las que
disparan. Tienen licencia para hacer daño. Es lo que se espera de ellos.
Es lo que hacen llenos de ardor ideológico. No son enfermos ni locos. No
se sienten criminales. Son matones patrióticos. Son revolucionarios
poseídos por la certeza de que a los enemigos del chavismo, que son,
claro, los enemigos de la patria, hay que aplastarlos como si fueran
cucarachas.
Hace unos cuantos años recibí en mi oficina de Madrid a un
hombre joven que, en su adolescencia, había sido un matón patriótico.
Decía estar arrepentido. En 1980, cuando estudiaba en una escuela
secundaria (tendría unos 14 años) había participado en el asesinato de un
maestro durante un ``acto de repudio''. En Cuba los actos de repudio son
manifestaciones colectivas de odio organizadas por la policía política y
el partido comunista. Su función es aterrorizar a la sociedad para que las
personas obedezcan. En ese año hubo miles de actos de repudio porque
decenas de millares de personas querían huir de la Isla. El maestro, un
mulato que enseñaba inglés, había notificado que deseaba abandonar el país
y el gobierno decidió darle un escarmiento con sus propios alumnos.
Comenzaron a gritarle. Lo llamaban ``gusano''. Lo escupieron. Uno lo
abofeteó. Cayó al suelo y empezaron a patearlo. Lo mataron a patadas. Lo
aplastaron como a un ``gusano''.
Los jóvenes matones patrióticos no sintieron ningún remordimiento. En
abril de 1967, el Che había prescrito la correcta actitud moral que debía
acompañar a los revolucionarios en su ``Mensaje a la Tricontinental'':
``El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que
impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una
efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar''. Un buen
revolucionario debía ser una fría máquina de matar. El era así. Lenin era
así. Fidel y Raúl Castro son así. Nunca les ha temblado el pulso en el
momento de eliminar a un supuesto enemigo de la revolución. Los nazis y
fascistas eran así. Los suicidas-terroristas del mundo islámico son así.
Convencidos de la santidad de la causa que defienden, los matones
patrióticos son capaces de cualquier cosa.
El matón patriótico no debe ser confundido con los sicarios o con los
sicópatas. Los sicarios son profesionales del crimen. Los sicópatas no
necesitan razones ni justificaciones para cometer asesinatos o hacerle
daño a un semejante. Son indiferentes ante el dolor ajeno. El matón
patriótico es otra cosa. Cuando Hugo Chávez o los Castro alientan a sus
turbas a apalear a los adversarios sienten que están cumpliendo con unas
normas morales superiores vinculadas al mejor destino de la humanidad,
algo que sólo ellos conocen. Por eso son tan peligrosos. No hay nadie más
letal que un tipo poderoso y duro adscrito a una ética de fines dispuesto
a ensayar cualquier medio para lograr sus objetivos. Así era Adolfo
Hitler.
se es el inmenso riesgo del marxismo que hoy intentan revitalizar los
partidarios del Socialismo del siglo XXI. Marx postulaba la inevitabilidad
de la lucha de clases, creía que la violencia era la partera de la
historia y defendía la dictadura del proletariado como forma de alcanzar
el paraíso sobre la tierra. Quienes tomaron en serio sus enseñanzas
causaron cien millones de muertos a lo largo del siglo XX. No ha sido la
única experiencia nefasta contemporánea --el fascismo y el nazismo fueron
terribles--, pero ha sido el más cruento episodio de la historia política
de nuestra especie. Lenin, Stalin, Mao, Fidel Castro, Pol Pot, Ceausescu,
el resto de esa destructiva banda no eran asesinos en serie. Eran matones
patrióticos.