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La columna semanal de
Gina Montaner

 

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Cuando calienta el sol aquí en la playa

Gina Montaner
 

''...Siento tu cuerpo vibrar dentro de mí...'' Era la típica canción del verano que se iba como había llegado: un estribillo pegajoso como la brisa suave que se lleva la corriente. Los meses de verano se apagaban y con ellos el enamoramiento juvenil a orillas del mar: ``Es tu palpitar, es tu cara, es tu pelo, son tus besos, me estremezco ¡oh, oh, oh!''...

El presunto romance del popular y querido padre Alberto se ha convertido en la canción de este verano. El estribillo más repetido. La balada más entonada. La telenovela más anticipada. Un revival a ritmo miamense de El pájaro espino, sólo que esta vez el cura deseado no es el clérigo australiano Ralph de Bricassart, sino un sacerdote cubanoamericano de la era moderna y mediática. Tan mediática y moderna es esta era que su historia de amor carnal ha dado la vuelta al mundo gracias a unas fotos tomadas por un astuto paparazzo.

La canícula se presentaba más bien aburrida y sin grandes novedades, salvo la breve histeria por una influenza que apenas afectó más allá del Río Grande y la certeza de que es más fácil encontrar una aguja en un pajar que deshacerse de los hermanos Castro. Y, en efecto, la aguja en el pajar apareció: eran el padre Alberto y una atractiva desconocida haciéndose carantoñas y arrumacos sobre la arena fina de Miami Beach bajo un sol espléndido.

La fantasía de la gente se encendió con las imágenes del ángel caído y fue inevitable evocar de nuevo a Richard Chamberlain y la preciosa Rachel Ward sufriendo horrores por intentar reprimir lo inevitable: el deseo a borbotones. El aleteo de las hormonas a todo vapor. El amor que se escapaba del peso de la sotana. Los susurros separados por la celosía del confesionario. Sólo el inmenso Leopoldo Alas, Clarín, podía superar la novela de Colleen Mac Cullogh con su formidable La regenta, ambientada en la España oscura de la restauración, donde Ana Ozores bebe los vientos por el padre Fermín de Pas.

Si Clarín situó el tormento de los dos enamorados en una ciudad de provincias española a la que irónicamente le dio el nombre ficticio de Vetusta, la novela de la que el padre Alberto es protagonista y galán absoluto se desarrolla en otra ciudad de provincias donde se hacen corrillos a la salida de la iglesia y el rumor corre de boca en boca porque no hay nada que despierte más ardores que la pasión ajena, sobre todo si es prohibida. Estábamos sedientos de otra Ana Ozores o una inocente Maggie Cleary, en brazos del ambicioso padre Bricassart, dispuesto a renunciar a ella por escalar en la jerarquía eclesiástica. Era el año 1983 y la miniserie de El pájaro espino hipnotizó a los televidentes con los amores imposibles de un hombre que en su carrera imparable hasta llegar a ser cardenal en Roma deja en el camino a la mujer de su vida y a un hijo cuya existencia desconoce. Llorábamos a mares con la desdichada Rachel Ward y la languidez púrpura de Richard Chamberlain.

Queremos creer que el padre Alberto, un hombre de su tiempo, no es ni por asomo don Fermín de Pas ni Bricassart. Y que su rendida acompañante no correrá la mala suerte de Ana Ozores y Maggie Cleary, víctimas de otras épocas mucho más implacables con las mujeres que se dejaban llevar por las palpitaciones de su corazón. Más en el mood de la esencia de un buen culebrón, deseamos un desenlace feliz, sin castigos con fuegos eternos o el tatuaje de una letra escarlata. Como somos de mente abierta y estamos en el comienzo del tercer milenio, ya nada nos sorprende y nos conformamos con un final abierto, sin necesidad de campanadas de boda y lluvia de arroz.

La canción del verano, la número uno en el hit parade, ha de ser light y tan fácil de aprender que enseguida la olvidamos. El affair del padre Alberto ha sido como un día de playa bajo el sol caliente. ``Es tu palpitar, tu recuerdo, mi locura, mi deliro, me estremezco ¡oh, oh, oh!''.

Mayo 11, 2009

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