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Esperando a Lisbeth

Gina Montaner

Tardé mucho en leer las primeras dos novelas de la trilogía ''Millenium'', del fallecido escritor sueco Stieg Larsson, quien murió en el 2004 poco antes de ver publicada su obra. Cuando supe que se trataba de un cruce entre género negro y un thriller contemporáneo, temí que no me engancharía una fórmula que apuntaba a bestseller. Pero al final me decidí a leer Los hombres que no amaban a las mujeres (Destino, 2008), el primer volumen de la saga póstuma que concluyó Larsson unos días antes de caer fulminado por una ataque al corazón. Ahora comprendo por qué ha sido un rotundo éxito de ventas en toda Europa.

Durante una semana me desperté a horas intempestivas para avanzar en las peripecias del dúo Blomkivst-Salander, a la búsqueda de pistas en un caso típico de asesinato perpetrado por un criminal entre varios sospechosos. Agatha Christie fue precursora del género con cadáver que aparece en una casa llena de invitados con motivos para haber cometido el crimen. Pero las suyas eran novelas con trasfondo victoriano a la hora del té. Larsson, en cambio, apuesta por el trasiego brutal y decorado por los efímeros muebles de Ikea de este comienzo del tercer milenio: violento, desestructurado, desparejado y huérfano. Tan huérfano y solitario como el alma desarbolada de Lisbeth, una heroína de la posmodernidad. La fierecilla indómita que desde niña, cuando le ocurrió ''todo lo malo'' (permítanme el suspense a modo de anzuelo), se convirtió en ``...la mujer que odiaba a los hombres que no amaban a las mujeres''.

Leí en trance y como una posesa la primera parte de ''Millenium'' para, de inmediato y sin tregua, proseguir con la lectura de La muchacha que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (Destino, 2009). En realidad al final me sentí un poco aturdida por la cantidad de personajes, términos informáticos y giros de tuerca para afilar una intriga con subtrama de crítica social. Y no era tanto el atractivo Blomkvist (alter ego idealizado que el autor se autorregaló por derecho propio) lo que acabó por seducirme, sino el retrato mental que poco a poco me hice de Lisbeth, indiscutible protagonista de estos vertiginosos relatos no aptos para menores.

Sólo he visto en internet el trailer de la adaptación cinematográfica de Los hombres que no amaban a las mujeres y ya sé, de antemano, que la Lisbeth Salander de la pantalla grande no es la Lisbeth Salander que bosquejé en mi cabeza cuando de madrugada abría los ojos para saber más de ella, sobre todo en el segundo tomo, que es donde conocemos su pasado y comprendemos el origen de su autismo emocional. Una vez más, el cine apuesta por afear a una mujer muy guapa hundiendo su mirada en la negrura del Kohl para dar vida a una muchacha marginada y poco atractiva en apariencia. La Lisbeth del celuloide es una actriz con rostro y cuerpo ''10'' disfrazada de chica punk, más al estilo de Anne Parillaud en La femme Nikita (1991). Pero la Lisbeth que me arrebató el sueño se aferra a sus silencios, sólo interrumpidos para soltar frases cortas y tajantes. La inercia zen y agazapada bajo el edredón de Ikea hasta que los resortes exteriores (casi siempre activados por la crueldad y la pulsión sexual del género masculino), la transforman en una vengadora justiciera muy a su pesar. Lisbeth, herida y mancillada desde jovencita, es una criatura de buceos interiores y horas muertas frente a la pantalla de su Power Book.

En cuanto se publique en español a finales de junio La reina del palacio de las corrientes de aire, la tercera parte de ''Millenium'', correré a comprarla para disfrutar de lleno mi última cita con Lisbeth Salander. Por muy cruel que parezca, en su destino estaba escrito que Stieg Larsson, su creador, muriese antes de tiempo. Una heroína del calibre de Lisbeth está condenada a desvanecerse en la niebla de la noche.

Junio 8, 2009

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