Hay niñas que no han alcanzado la pubertad y una mañana en la parada del
autobús un desconocido se las lleva para siempre justo en el momento en el
que dicen adiós a su familia. Así le sucedió a Jaycee Dugard cuando sólo
tenía 11 años y el mundo era del color del algodón de azúcar. Cómo podía
imaginar aquella pequeña con aspecto de ángel que acabaría oculta en un
cobertizo como esclava sexual de un repugnante sicópata. Son las
chiquillas que de un día a otro pasan de jugar a las muñecas a criar hijos
que son fruto de la violación y del abuso. Las mujeres que, tiempo
después, son capaces de revelar que fueron víctimas de un vecino, de un
pariente cercano, de un perfecto desconocido. Las que lo relatan es porque
han tenido la fortuna de sobrevivir al horror y de escapar de sus captores
y verdugos. Jaycee Dugard está viva para detallar cómo se le escurrió la
adolescencia a manos de un monstruo que se convirtió en su única familia.
Viven en zulos oscuros, en bóvedas bajo tierra, en sótanos húmedos donde
las nubes y el sol son recuerdos de la primera infancia que se borran bajo
el peso de los tipos enfermos y crueles que las mancillan. Si logran
fugarse de sus jaulas son apariciones transparentes y frágiles. A punto de
quebrarse por la alucinación de lo que han padecido. Resucitadas de sus
tumbas y con la leve esperanza de desandar el camino que las devuelva al
instante antes del momento fatídico en la parada del autobús: el abrazo
tibio de los padres en el umbral de la casa deseándoles un feliz día en el
colegio. Seguras de que nunca nada malo sucederá porque la tierra es
redonda y mullida y a la hora de dormir te leerán un cuento con final
feliz.
Lisbeth Salander, la heroína literaria más memorable de los últimos
tiempos, se habría referido al fatídico episodio de Jaycee Dugard como el
tiempo en que ``ocurrió todo lo malo''. Una época negra y tenebrosa que
suelen protagonizar los hombres que no aman a las mujeres porque sólo ven
en la carne tierna y rosada el objeto de sus más oscuros deseos.
ástima que el personaje de Stieg Larsson no pueda recorrer todos los
rincones del mundo en busca de las criaturas que desfallecen en cárceles
construidas para el retorcido placer de sus cancerberos.
De todos los temores posibles que sentimos con nuestros retoños, el más
persistente es que los rapten para siempre y sean víctimas de atrocidades
innombrables. Hay niñas que logran escapar de los jardines secretos para
contarnos cómo es el infierno.