Hay cosas del Kindle que no me acaban
de convencer. Eso me comentaba el otro día un amigo que, como yo, está
dando sus primeros pasos de lector con el e-book. El teclado nos resulta
incómodo a ambos y echamos de menos la calidez de la hoja impresa
comparada al texto virtual. Es inevitable evocar las portadas de las
novelas cuando tenemos enfrente una pantalla.
Pero tal vez sea inútil
que mi amigo y yo pongamos tanto empeño en conectarnos con esta modernidad
que tiene la velocidad de un tren bala. Cuando hayamos logrado controlar
el dichoso aparato, probablemente el Kindle será un artículo de rebajas y
en desuso, condenado al olvido por el fulgurante iPad.
Steve Jobs, el cerebro de Apple, no descansa y cada poco tiempo saca al
mercado un nuevo producto electrónico que nos deja maravillados. Basta
asomarse a sus tiendas, con el logo por bandera de una tentadora manzana,
para comprender la fascinación que sienten los usuarios por el diseño de
unos objetos que parecen sofisticadas golosinas en colores brillantes. En
sus establecimientos, chicos y grandes juegan con los ordenadores y
escuchan la música de moda por medio de un cacharro minúsculo, el iPod,
que cabe en el bolsillo de un pantalón.
Dicen que el iPad, del tamaño de un cuaderno, es un híbrido entre un
iPhone y una laptop. Soy una ignorante en lo que concierne a este
universo de vertiginosos avances tecnológicos, pero después de ver los
prodigios que se pueden hacer con un iPhone, me temo que su sucesor se
convertirá en una suerte de deidad entre los jóvenes, incapaces de
respirar sin estar conectados a esta dimensión Avatar que los traslada de
un lugar a otro en la aldea global sin moverse de su sitio.
Me gustaría fantasear con la idea de que, después de ahorrar un
dinerillo, podría comprarme un iPad y formar parte del club selecto de los
que siempre están a la última en las redes sociales que proliferan en
Internet. Pero, seamos realistas, apenas domino un iPod que no contiene
más de 50 canciones (las suficientes para variar las rutinas de ejercicio)
y el Mac me sirve para escribir y poco más. En la parte inferior de la
pantalla danza una serie de iconos que me podrían abrir las puertas a la
edición de imágenes, a la confección de un álbum fotográfico o a iniciar
chats con los amigos desperdigados por el mundo. Pero hasta ahora
el único símbolo sin el que no puedo sobrevivir es el de Microsoft Word. O
sea, nunca he podido dejar de contemplar el ordenador como una máquina de
escribir con atributos milagrosos a la hora de editar un texto.
Ya no existe el compás de espera como la transición de la televisión en
blanco y negro a la de color o el paso del tocadiscos al DVD. El recuerdo
que tengo de mi Smith Corona eléctrica y los papelillos que usaba para
borrar lo escrito hoy parece una estampa de una época muy lejana. Imágenes
descoloridas y en sepia. Sin embargo, de un tiempo a esta parte los
objetos van y vienen y no hay cabida para la adaptación. Los admiramos,
nos rendimos ante sus capacidades y cuando ya creemos que los dominamos es
hora de comprar lo más rabiosamente nuevo.
Continuaré luchando con el Kindle, procuraré acumular más temas en mi
iPod que nunca tendré tiempo de escuchar y algún día me aficionaré a la
Webcam de mi Mac. Me temo que cuando me aburra de estos ``juguetes'' el
iPad seguramente habrá pasado a mejor vida, deslumbrados frente al último
artefacto que promete ser el definitivo. Prefiero ver el tren pasar.